El famoso escalextric
De pequeños, todos los de mi generación soñábamos con uno. El Scalextric. Una gran pista de carreras, ampliable y amoldable sobre la que lanzar los bólidos de nuestra imaginación y convertirnos en Fittipladi, Niki Lauda, Jimmy Clark y compañía. A muchos los sueños se les hicieron realidad alguna de las mañanas de 6 de enero de aquellos últimos años del franquismo. A los grancanarios en general, pequeños y grandes, ricos y pobres, amantes o no del mundo del motor, el regalo nos llegó en formato de macroproyecto urbanístico que venía a rematar el progresivo cerco al que se venía sometiendo al emblemático barranco de Guiniguada. Casi de la noche a la mañana, el cauce se tornó asfalto y el casco histórico de la ciudad se vio coronado por un lío de vías yuxtapuestas, un nudo, a decir de los arquitectos, que lejos de ahogar o maniatar venía a dar fluidez al por entonces ya considerable volumen de tráfico de la capital grancanaria. El escalestri, vamos, de toda la vida.

La ciudad se lanzaba a la modernidad en aquellos tiempos del boom y tente tieso, en los que tan poco importaban la ecología, el desarrollo sostenible, la biodiversidad y todos esos valores de crecimiento armónico y respetuoso con el entorno que hoy resultan indispensables. Es más, de la existencia de esos términos nadie tenía repajolera idea. Así que figúrese usted de su contenido. La ciudad crecía, la isla crecía, el Archipiélago crecía. Crecía todo menos la planificación razonada y las previsiones de futuro, y mucho menos la conciencia sobre la defensa de nuestro patrimonio, fuera éste artístico o natural. Nada.

Tres décadas después, al scalextric se le han fundido los cables y sus días de gloria se acercan al final. El proyecto de recuperación urbanística del ámbito del Guiniguada incluye su demolición y la puesta en marcha de un plan que, al menos sobre el papel, tiene como principal objetivo reconciliar a la ciudad con su propia memoria y devolverle un espacio que yace ahora sepultado bajo capas de alquitrán, cemento y hormigón. PePa Luzardo ha dado el pistoletazo de salida y el municipio se apresta a sufrir en un futuro no muy lejano otra de esas ejecuciones que sistemáticamente paralizan y enturbian el normal devenir de la comunidad. En una ciudad levantada a golpe de arrebato e improvisación, las construcciones y demoliciones, los cortes, los desvíos y los atascos están a la orden del día. Pero, desde luego, si alguno de estos trastornos con los que nos obsequia de cuando en cuando la autoridad competente (en la mayoría de los casos es un decir) está justificado, éste es uno de ellos.

En un momento en el que la opinión pública y las instituciones debaten el modelo de desarrollo para el frente marítimo de la capital, con rascacielos, centros comerciales, diques y concursos abiertos y restringidos como telón de fondo, la puesta en marcha, siquiera sea a escala burocrática aún, del proyecto de recuperación del barranco que unía y separaba a la vez los barrios de Vegueta y Triana supone una bocanada de aire fresco.
Pero, desde luego, lo que no sería de recibo es que desvistiéramos un santo para vestir otro. Es decir, el modelo que promueven Ayuntamiento y Cabildo para el casco histórico debe ser extensible a toda la ciudad dentro de un diseño global armónico y sistematizado. Ya es hora de corregir viejos errores históricos y ponerse manos a la obra en la reconversión y desarrollo de esa ciudad de futuro, de todos y para todos, que demanda la ciudadanía. Lo que no quieras para Vegueta no se lo impongas al Puerto. Con el derribo del scalextric deben desaparecer también las maneras, los caprichos y las visiones iluminadas que tantos disgustos nos han ocasionado.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
jueves 29 de abril de 2004

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