La Santísima Trinidad, en versión gallinácea
Hay días que no me aclaro. Especialmente ésos en los que se celebra debate parlamentario en San Jerónimo, esa Carrera que, dicen, es la que más salidas tiene en España. ¿De qué trataba la sesión del pasado martes? Hoy yo también soy Ronaldo: “No lou sé”. Los socialistas parecían convencidos de que la reunión giraba en torno a la aprobación de la retirada de las tropas españolas presentes en Irak. Los populares, en cambio, dirigían toda su argumentación hacia la legitimidad del nuevo Gobierno para haber tomado la decisión sin someterla al beneplácito de la Cámara Baja. Para el resto de los partidos con representación en el Parlamento, aplíquese la sentencia del futbolista brasileño, pero en versión semipija: ni flowers.

He dejado pasar unos días por ver si era cosa mía, porque un mal martes puede tenerlo cualquiera y no tiene uno por qué andar siempre igual de despierto, atento o receptivo. Pero no. A medida que avanzo, retrocedo. Y eso me empieza a inquietar, porque tampoco es la de quien suscribe vocación de cangrejo.

El primer gran choque entre Gobierno y oposición tras la investidura de Zapatero quedó en poco menos que nada. Si ya el debate se presentaba descafeinado por el paripé que suponía someter a criterio de sus señorías una decisión ya tomada y por el apoyo manifiesto de la mayoría a la postura de ZP, la torpeza del PP al derivarlo hacia aspectos puramente formales acabó por desintegrarlo. Decididas ambas partes a no entrar en los fondos, el asunto degeneró en cuestión de formas. Pero como en el fondo de las formas tampoco había acuerdo, pues se rompieron los fondos y las formas y lo que hubiera que romper. Pues no son nadie Zapatero Presidente y Mariano Oposición cuando se ponen guiñoles. Chopito y Chaporro, vamos, ¿cómo están ustedes?, bien.

La cosa estaba en ver quién era huevo y quién gallina. El planteamiento de ZP era claro y dos piedras: la retirada de Irak era indispensable para corregir la participación española en una guerra ilegal, la inmensa mayoría de la población y del arco parlamentario la apoyaban y se trataba de un desastre heredado del Gobierno del PP; así que daba exactamente igual que se sometiera tal decisión al Parlamento, que es lo que además hacía en esos momentos, y el PP mejor haría en callar porque, a fin de cuentas, fue quien nos metió en la guerra sin consultar ni escuchar la voluntad popular. El de Mariano Rajoy no le iba a la zaga y dos piedras más: la resolución socialista carecía de legitimidad porque se había saltado el Parlamento, marcharse de Irak era una cobardía y un grave riesgo para nuestra posición internacional, el resto de los grupos de la Cámara eran muy malitos porque no hacían sino meterse con ellos y el reglamento del Congreso se estaba aplicando fatal. El huevo, la gallina y hasta el gallo, pues, confundidos en uno como en ese otro misterio de la Santísima Trinidad.
Hay quien dice que de lo que uno acusaba al otro era justamente de lo que adolecía, como advierten esos majaderos proverbios chinos de la felicidad. Dicen que el PP pecó al meternos en la guerra de forma arbitraria y que ahora el PSOE hace exactamente lo mismo, pero al revés. El fin, los medios, la democracia y todas esas cosas. ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? ¿El gallo? ¿El Big Bang? No lou sé.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
viernes 30 de abril de 2004

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