Novecento
Mis imágenes del Primero de Mayo son las de la película Novecento, su cartel anunciador y las de los trágicos sucesos de 1886 que conmovieron al mundo desde el mismo corazón del capital, Chicago especialmente, Nueva York, Kentucky, Detroit… Estados Unidos se tambaleaba por el empuje desesperado de una clase obrera que soñó primero, suplicó después y exigía finalmente, mire usted qué atrevimiento cómo está el servicio, la jornada laboral de ocho horas. El resto es bien sabido (creo), represión brutal, asesinatos y ejecución de los líderes sindicales.

Hoy ya casi nadie se acuerda de aquello (creo) y el Primero de Mayo ha pasado a ser una efeméride más dentro del abultado catalogo de Días de Algo que inundan el santoral laico de nuestro calendario anual. Sé que las comparaciones son odiosas y que lo mío pueden no ser más que desvaríos románticos (que me perdonen en ICAN), pero hombre y mujer, entre la toma de las calles para clamar por mejoras directas para la masa de desposeídos y los asaderos postmanifestación, no hay color; entre el sacrificio de la propia vida en aras de unos ideales y la majadería recurrente de pedir la dimisión del responsable de Empleo de turno desde los micrófonos de una emisora de radio, quieran que no, media un abismo también.

Vale, las condiciones son otras y la vieja estructura de clases se ha difuminado (dicen) al igual que las ideologías, el humo del tabaco en los bares, el Tenerife o la UD. Vale, que las condiciones laborales no son las que eran y que los medios para combatir las injusticias han variado. Vale, que los sindicatos han dejado de ser aquellas células semiclandestinas y sudorosas perseguidas hasta la tumba o la prisión para pasar a formar parte del entramado legal del Estado con sus cuotas de cariño, elegancia, sueldo y subvención. Vale, que cada dos años más o menos nos montamos una huelguita general para darle a tu cuerpo alegría Macarena. Pero vale también que sufrimos una suerte de verticalismo sindical asimétrico de una esterilidad manifiesta que parece más preocupado en influir en el color político de las instituciones, en más o menos evidente connivencia con algunos partidos, y en alcanzar espacios de poder en las empresas que en afrontar de manera directa, clara y contundente los múltiples males (en cantidad y en menoscabo de calidad) que afectan a quienes, en términos puramente marxistas para no liarnos, no son poseedores de los medios de producción. Es decir los que aportan la fuerza del trabajo. Es decir los asalariados.

No es mi intención, desde luego, incitar a una revolución decimonónica de pim pam pum y barricada ni tampoco realizar una crítica acerada contra el conjunto del sindicalismo que, por otra parte, ha demostrado una notable preocupación y entrega en asuntos tan graves como el paro, la siniestralidad laboral, la precariedad del empleo, el mobbing o el acoso sexual, y que tan importante papel ha jugado en la mejora de las condiciones del trabajador en la transición democrática. Se trata, más bien, de invitar a la reflexión sobre el papel de los sindicatos en una sociedad cada vez más globalizada y en la que la riqueza se concentra, de forma cada vez más alarmante, en poder de unos pocos en detrimento del resto.

La paz social, como cualquier otra, debe ser tutelada por quienes ostentan la representación de quien carece de voz. Cualquier otra actitud podría conducir a una fisura social de consecuencias impredecibles. Si de algo nos deben servir los ejemplos de Novecento y de Chicago es para corregir los errores que los sustentaron. No sólo de declaraciones públicas y comités de empresa vive el hombre. Si la miseria no encuentra salida, se vuelve metralla de la convulsión social.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
sábado, 1 de mayo de 2004

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