Yo es que me mondo
Juré que no volvería a hablar más de ellos y, de hecho, la insumisión televisiva a la que gustosamente me he entregado en los últimos meses me ha ayudado sobremanera a mantener el compromiso. Los llamados reality shows, ese invento surgido de la entrañas del norteamericanismo profundo, no son ni show ni reality, ni espectáculo ni realidad. Su carga de desprecio hacia las relaciones humanas, su poco afán ético y pedagógico y la ambición desmedida de quienes manejan sus hilos dejan al peor de los culebrones a la altura de un clásico de la cinematografía mundial. Juré no volver a hablar de ellos, pero he vuelto a caer en la trampa. Han bastado cinco minutos de intento de reconciliación con la pequeña pantalla para concluir que, lejos de la regeneración, el panorama de la televisión en España sigue sin tocar fondo en su caída libre hacia la memez, la especulación sin escrúpulos y la indignidad.

Mi último sobresalto lleva por título La casa de tu vida, o algo así y, como muchos de ustedes ya sabrán, se basa en la puja de no sé cuántas parejas por hacerse con el premio que, en formato inmobiliario, pone en liza la producción del programa. Es decir, que aprovechando uno de los grandes dramas que soporta este país, como es la dificultad de los jóvenes para acceder a una vivienda, esos talentosos cerebros que se han hecho multimillonarios a costa de vender carne fresca y bronca generalizada han decidido continuar torturando a los televidentes y a los propios concursantes con un encierro de no sé tampoco cuántas semanas para ver quién insulta más a quién, quién se enrolla más con quién o quién golpea más a quién, que visto lo visto, es sólo cuestión de tiempo, no de ganas.

Sorprende aún más que sea una cadena que alardea de… ¿izquierdismo?, ¿progresismo?, ¿independencia? la que haya decidido proseguir, prácticamente en solitario, con este formato de corte tan reaccionario. Habrá quien diga, que los hay, que este tipo de programas es un reflejo de la vida misma (glup) e incluso los hay, la ignorancia es atrevida, que mantienen que son un monumento a la libertad de expresión (glup glup); otros, un tanto más cautos, defienden la cosa como un espectáculo en el que nada es lo que parece o sí, pero cuyo fin último es el de entretener y que más daño moral provocan las noticias sobre las guerras (recontraglup). La demagogia traza senderos insondables.

Se debe entender, pues, que como en el mundo hay guerras, malos tratos, enfermedades, desigualdades enormes, catástrofes de todo tipo… supone un acto cuasi heroico contribuir aún más al caos, a la depre general, y a la mala milk con la perversión definitiva de las audiencias. O, que como hay que entretener e informar, lo mismo da el Pasapalabras, La noche de Fuentes y compañía, los documentales del National Geographic, El guiñol, Siete días siete noches o los telediarios que la retahíla de amenazas, mal gusto, incivismo, violencia y desprecio absoluto hacia los valores básicos del ser humano que algunos se empeñan en cocinar y otros muchos, aún, en devorar.

Si Gran Hermano o La Casa de tu vida son el reflejo de lo que somos, de cómo somos, el verdadero servicio de una cadena de televisión comprometida con el progreso y la libertad debería ser el de articular espacios que contribuyeran a la reeducación colectiva y al fomento de las relaciones y la libertad. Lo demás son pamplinas o excusas interesadas para mantener un negocio multimillonario.

A uno siempre le queda la posibilidad de no encender la tele o de ignorar algunos canales. Es decir, de ejercer o restringir su libertad, según se mire. Cierto. Pero también le sigue quedando la posibilidad de ver, reflexionar y opinar de cuando en cuando. Si no es mucho pedir, claro. Y a leer, que son dos días.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
martes 3 de mayo de 2004

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