Ella con ortodoncia
La de La Gioconda es, además de enigmática, una sonrisa forzada. La Mona Lisa no tenía dientes, como lo leen, y cuentan que a Leonardo le costó lo suyo diseñar el gesto para que, a la par que misterioso e inteligente, resultara pelín sensual. Algo imposible si a la bella dama le asomaran las encías tal cual, desnudas y desdentadas. Es por eso, quizá, la única sonrisa de labios apretados que recuerdo. Bueno, esa y la de Aznar, pero en este último caso podría decirse que el bigote actuaba de elemento plástico colateral en la conformación del retrato. El rasgo burlesco de la joven napolitana es un, como si dijéramos, “ya verás tú la alegría que te llevas como abra la boca, simplón”. Pobre Mona Lisa.

Sé que las hipótesis sobre la personalidad y el sentido del magistral cuadro de Da Vinci son múltiples y algunas hasta bien documentadas. Hay quien sostiene, incluso, que es el propio autor, despojado de barba y de arrugas, quien, ligeramente travestido, aporta la imagen en lo que sería prácticamente el primer autorretrato glam de la historia del arte. Sobre la sonrisa también se barajan innumerables interpretaciones: el otorrinolaringólogo estadounidense Peter Pastore propuso a mediados del siglo XX que la legendaria sonrisa de la Gioconda era el síntoma de un principio de anginas. Afirmaba que la contracción en los labios de la modelo es la misma que observó en pacientes que pasaron por su consulta, con molestias en la garganta. Otros médicos han atribuido su sonrisa a que era asmática o a que las amígdalas dilatadas, un tumor, la alergia al polen o un trastorno psiquiátrico que causa la sensación de un nudo en la garganta, obstaculizando la respiración normal. Para el doctor Kenneth Keele, muestra la satisfacción de una mujer embarazada. Aunque en 1953, durante un congreso de optometría, se explicó que Freud estaba equivocado porque Mona Lisa sonríe de ese modo a causa de la miopía de Leonardo. También se ha afirmado que la misteriosa dama debió padecer una enfermedad que paralizó un lado de su rostro. Ganas de complicarse la vida, la Gioconda no tenía dientes, y se acabó. De ahí el nombre: Mona, porque era guapita de cara (según los gustos de la época, digo yo) y Lisa, por su dentición mellada.

Ahora, que se cumple el quinto centenario de la pintura más famosas de todos los tiempos, un grupo de científicos británicos va y desarrolla una técnica para generar dientes a partir de células madre extraídas del propio paciente. A buenas horas, diría la desdichada Gerardini, el propio Da Vinci y la inmensa legión de desdentados que en este mundo lo han sido, personas abocadas al escarnio, el fefeo (La Fioconda ef una pafada) y al caldito, y en épocas más recientes a la ortodoncia invasiva y el quita y pon.

La ciencia adelanta que es una barbaridad, y el arte no le va a la zaga. De la política podríamos decir lo mismo. Ahí está ese pedazo de sonrisa zapatera o zapateriana, que no zapatista, proclamando a los cuatro vientos que dientes hay para lo que haga falta, mientras no se caigan o no se los parta alguien primero, líbrenos Dios, Buda y Alá de tal tragedia.

La investigación genética habría evitado, de haberse desarrollado en pleno Renacimiento, las penalidades de Da Vinci para captar el encanto de aquella sonrisa desdentada. Pero también nos hubiera privado del disfrute y de la discusión en torno a una de las mayores obras de arte de todos los tiempos. Es la contradicción inherente a nuestra condición humana, a la misma condición dialéctica por la que se rigen las leyes de la naturaleza. Por un lado se da y por el otro se quita. Todos con mordedores y babeando a los sesenta años: “Es que me están saliendo los dientes”. Pardiez. Puede que usted también sonría al leer este comentario, y no se lo reprocho. Es más, ya puede hacerlo sin vergüenza ni rubor. A mandíbula batiente.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
miércoles 5 de mayo de 2004

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