Dame algo
La cosa está muy pero que muy malita. Echar un vistazo a los titulares de la prensa del Archipiélago, así como escuchar y ver los informativos que en esta tierra fragmentada lo son provoca una sensación de espanto imposible de soslayar. El paro, ese mal que en Canarias se ha vuelto crónico, aumenta sin tino; mientras, el empresariado se muestra abiertamente pesimista ante la evolución de una economía que aún se debate entre el modelo decimonónico del ombliguismo insular y el enganche al tren de la unidad regional como única interlocución válida para el desarrollo dentro y fuera de nuestras fronteras.

Es difícil hacerlo tan rematadamente mal, sembrar el descontento tanto entre el asalariado como entre los empresarios, pero aquí, entre todos (me incluyo, nos incluyo, por si alguna parte de culpa nos toca soportar) lo hemos logrado. Europa tropical, naturaleza cálida y paraíso. Cuánta soflama bananera, perdón, platanera (más sabrosa y con pintitas a decir de Loles León, Arguiñano y compañía). Soflama de la familia de las musáceas en cualquier caso, es decir tercermundista y grotesca, para un pueblo que se da de bruces cada día contra una realidad tan terca como los datos, las percepciones y las estadísticas.

Somos la región con la mayor tasa de desempleo de España, sólo superada por Extremadura y Asturias. Somos la región en la que el paro sube sí o sí mes tras mes, y si en alguna ocasión se produce el milagro del descenso, éste es tan insignificante que casi mueve a risa. En el pasado mes de abril nos atribuimos el dudoso honor de ser la única comunidad en la que el empleo sufrió retroceso, en este período incluso Extremadura y Asturias lograron rebajar su cuota de cesantía, casi en la misma proporción en la que nosotros la aumentamos. Somos también la región en la que la confianza del emprendedor se sitúa nada menos que nueve puntos por debajo de la media. Y somos la región en la que la patronal se contentaría con que se mantuviera la estabilidad, descartando la posibilidad de avances sustanciales por improbable o quimérico.

¿En qué se está fallando? Visto lo visto, cabría decir que en todo. Sindicatos y empresarios han esbozado en sus reacciones algunas de las posibles salidas a este naufragio potencial. Se apunta a una corrección de las políticas económica y de empleo del Gobierno autónomo y a la diversificación del tejido empresarial como alternativa al monocultivo de turno (ese ídolo de barro de la economía canaria), en este caso el turístico. Se recurre también a la llamada a la movilización social e incluso a la limitación de obra foránea como fenómeno que frena, a decir de quienes así lo entienden, el acceso al trabajo –a pesar de que las afiliaciones de inmigrantes a la Seguridad Social suponen sólo un nueve por ciento del total–.

Es una tarea que requiere del esfuerzo de todos. Pero ciertamente es el Ejecutivo quien debe acometer un plan de choque urgente, modificando de raíz lo que haya que modificar para impedir que la situación se le vaya definitivamente de las manos. Aspectos como el destino y efectividad de las ayudas e inversiones europeas, esa especie de camelo consentido sin objeto determinado que es la RIC o los inútiles y desfasados planes de formación y empleo son algunas de las lagunas (océanos diríamos) de este y anteriores gobiernos de la comunidad. Adán Martín y José Manuel Soria, socios máximos del poder regional, han hecho de la gestión escaparate de su acción política. Pues que se note. Porque esta gran empresa de todos que se llama Canarias va proa al marisco. Tal que un paraíso a la deriva.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
jueves 6 de mayo de 2004

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