Segura, hablando
Saludamos desde esta bicolumna diaria de las buenas horas a José Segura, nuevo delegado del Gobierno en Canarias, más que nada porque el hombre ha logrado romper una de esas terribles certezas que la política de andar por casa había grabado en mi mente en los últimos años: los delegados del Gobierno no hablan (cópiese esto cien veces). Ni en voz propia ni a través de sus gabinetes de prensa.

Hoy respiro aliviado porque, una vez superados el malestar y la desazón periodísticos que provoca el autismo institucional, lo que realmente a uno llegaba a preocuparle es que ese mutismo exacerbado pudiera acabar haciendo mella en la salud del enrocado. Y uno no le desea el mal a nadie, así sea delegado, ministro o presidente de tu comunidad (de vecinos que conste, al otro tampoco).

Segura ha dado el do de pecho. Ha hablado y hasta por los codos de los múltiples problemas que afectan a la región y en los que tiene responsabilidad directa el Estado. Habló de mejorar la eficacia de la Administración, de inmigración, de los recursos de las fuerzas de seguridad, de la ayuda al emigrante canario y de la necesaria colaboración con el Gobierno de Canarias en la búsqueda de soluciones. También se puede decir que por hablar que no quede, pero hombre y mujer, estará usted conmigo en que por algo hay que empezar. Y uno se siente más movido a esperar algo de quien te habla antes de quien te evita, aunque sea por esas cosas de la cercanía, la transparencia y la afabilidad. Que luego te vende humo, cabe la posibilidad. Pero tampoco nadie puede avalar el dicho de que el que calla, otorga, porque en estos casos suele ocurrir que terminas siendo consciente de que has comprado humo cuando ves el fuego. Y, claro, es ya demasiado tarde.

Ojo, no es ésta una crítica velada a la labor de Antonio López durante sus años al frente de la Delegación. De hecho, la suya fue una labor discreta que se movió dentro de los parámetros de lo que se ha dado en llamar políticamente correcto. De corte anacoreta, pero longeva. Criticada, más no contestada. Serena, y a la vez exasperante. Secreta, casi, y sin embargo pública. De hecho, no podemos poner en tela de juicio sus logros porque, simplemente, no sabemos cuáles son. Su escasa, pero siempre educada, relación con la prensa y la opinión pública se limitó a los actos oficiales y a la comunicación de las cifras oficiales cuando fue menester.

Segura tiene la palma. El nuevo responsable de la Administración del Estado en Canarias tiene la oportunidad de dar un paso adelante y de corregir, si se lo propone, el desaguisado que en materia de seguridad ciudadana, prisiones e inmigración soporta el Archipiélago. Pero, efectivamente, no basta con hablar. Bastará ver si su talante (marca Acme ZP) se mantiene una vez comience Madrid con las rebajas. Y si su capacidad de gestión y eficacia están a la altura de sus dotes para la oratoria. No estaría nada mal. Supondría acabar con otro de mis prejuicios ante la cosa pública: los delegados del Gobierno no solucionan problemas (bórrese esto cien veces). O sí.

PD: Lo mismo va para Carolina Darias, la vigorosa levedad hecha subdelegada, y para Carlos González, a quien por ahora no tengo el gusto de conocer.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
viernes 7 de mayo de 2004

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