Prisioneros de la barbarie
¿Realmente la habrá? Mucho que temo que el estribillo de Jarcha, aquel grupo entre hippy y agrofolk que puso banda sonora a la Transición española, no dejará de ser nunca la manifestación de un delirio utópico. Si partimos de que la libertad se conquista, hablamos de confrontación. Y toda confrontación conlleva vencedores y vencidos. Ya lo decía Silvio Rodríguez en su inolvidable Pequeña serenata diurna: “Soy feliz, soy un hombre feliz y quiero que me perdonen en este día los muertos de mi felicidad”. Cambiemos felicidad por libertad y tendremos una ecuación de similar planteamiento e idéntico resultado. La violencia no se traduce sólo en agresión física. Las conquistas y los ataques se nutren de múltiples armas. Está la violencia oral e incluso la gestual. La indiferencia, la neutralidad y hasta la no violencia propugnada por Jesucristo, Mahoma, Buda, Mahatma Gandhi o Martin Luther King han supuesto enormes confrontaciones en la historia de una humanidad que no tolera la disidencia, por muy pacífica o amable que ésta sea.

Conscientes de esta premisa, las naciones y las facciones han hecho siempre de la libertad bandera de su causa, aunque ésta fuera la aniquilación, el exterminio, el sometimiento o el holocausto de otro pueblo o del suyo propio. Incluso cuando lo que se busca es dinamitar la libertad, es la libertad la que aparece como estandarte. Bin Laden propugna su libertad, y George Bush, la suya. En ninguno de los dos casos estamos ante líderes de la resistencia pasiva o de la no confrontación. Las suyas son guerras en el más amplio sentido de la palabra. La una, ungida por el poder divino, la otra por el del capital. Ambas son guerras cruentas y fratricidas. Desde que cae el primer ser humano todas lo son.

Por eso, las imágenes de la barbarie a la que son sometidos los presos iraquíes no pueden sorprender a nadie. Ojo, he dicho sorprender, no impresionar, horrorizar, ofender o escandalizar. Que no sólo pueden, sino que deben a poco que uno conserve el más mínimo poso de humanidad. Quien crea que la guerra, sea ésta cual sea y sea ésta en nombre de lo que sea, se limita a bombardeos selectivos y daños colaterales no es más que un iluso o un ciego.

Si no han salido imágenes de estas características con anterioridad o no han salido en mayor cantidad es simplemente por el control que ejerce la Administración USA sobre los medios de comunicación, presión a la que muchos de estos medios sucumben con gusto en su encendida militancia norteamericana.

Particularmente a mí todas las imágenes de las guerras me resultan terribles. Ya sean las de los niños cuajados de metralla, de fosas comunes, de edificios gigantes que se vienen al suelo arrastrando en su caída a miles de rostros desesperados, de ejecuciones en directo, de andenes sembrados de carne y silencio, de familias enterradas bajo los escombros, de civiles vejados, de ataúdes abanderados, de toques de queda, de hospitales dinamitados, de torturas indescriptibles, de odios exacerbados… Todas me resultan dantescas, inadmisibles y despreciables. Pero entre la muerte a pecho abierto en el fragor de la batalla y la agonía del indefenso ante el sadismo de sus captores media un enorme abismo. La distancia que se separa al ser humano empujado a la violencia de la perversión y el crimen. Porque es el trato que dispensamos a nuestros enemigos en situación de ventaja el que nos da la medida de nuestro concepto de libertad. Si esto es todo lo que pueden ofrecernos Bin Laden y Bush yo me sigo apuntando al delirio utópico de Jarcha. Que no por delirante o utópico deja de ser un ideal de ésos a los que vale la pena sumarse dentro de la locura colectiva que consume a este planeta.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
sábado 8 de mayo de 2004

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