Alemán y Zapatero
El PSOE, Partido Socialista Obrero Español, es desde hace tiempo PSE, sin esa o proletaria que dio vida y sentido a su constitución en aquella convulsa mitad del siglo XIX. Lo confirmó Felipe González en el XXVIII Congreso de la organización, renegando del marxismo y zambulléndose en las agua de una socialdemocracia a la europea, y lo pretende subrayar José Luis Rodríguez Zapatero en el próximo XXXVI Congreso, renegando a su vez de la socialdemocracia y abriendo las puertas a lo que Manuel Sánchez definía ayer en El Mundo como un “republicanismo ciudadano”.

La renuncia de los socialistas a las tesis marxistas que impregnaron la formación durante su primera centuria de existencia se produjo en el marco del retorno de la democracia a nuestro país. Sus pretextos ideológicos fueron entonces la urgencia estratégica de ocupar el espacio de centro para lograr el asalto a La Moncloa y la necesidad de adaptarse a una sociedad en la que, a decir de los ponentes en la asamblea, las fronteras entre las clases sociales se habían difuminado. Ahora, tras protagonizar un período de oposición marcado por el retorno de los viejos lemas (muy pocas veces comunistas, independentistas y republicanos habían aplaudido tanto y a la vez), la cúpula socialista reemprende su rumbo histórico hacia el limbo del bipartidismo de alternativas cuasi imperceptibles en el marco de las democracias parlamentarias sustentadas por el capital. Es una actitud coherente que nadie les puede reprochar, ya que responde a la evolución iniciada veinticinco años atrás y a lo que demanda su masa social.

El Partido Socialista ya no es aquel que fue fundado en una taberna de la madrileña calle de Tetuán por un puñado de obreros (quince linotipistas, entre ellos Pablo Iglesias, un marmolista y un zapatero, qué casualidad), amén de cuatro médicos, un doctor en ciencias y dos joyeros. Hoy el PSOE responde más a las necesidades y exigencias de intelectuales, profesionales liberales, ejecutivos y artistas, dentro de esa casa común del buen rollito que viene a ser la izquierda. Es decir, hoy los médicos, los doctores y los joyeros han relegado a un segundo plano a los linotipistas, marmolistas y zapateros, excepción hecha de José Luis. O no. Vaya usted a saber.

En cualquier caso, la premisa de los socialistas, como la de cualquier otro partido que no abogue por el suicidio en el marco político actual, es la de mantenerse en el poder y acaparar el mayor número de enclaves de influencia. Para ello resulta esencial llegar a los sectores más amplios de la población, aunque se deba recurrir al camaleonismo, la indefinición ideológica o la ambigüedad. El partido moderno debe ser el partido de moda, y por tanto resulta imprescindible rendirle culto a la moda también. Es entonces cuando el fin se confunde con los medios (también los de comunicación) y obtenemos esa mezcolanza entre ideología, marketing, pancarta, conspiración, espectáculo y el casi todo vale que impregna la política contemporánea. Sólo los ilusos o los indocumentados podrían esperar otra cosa.

Es la misma carrera en la que se faja el Partido Popular, pero en el ámbito de la casa común del rollito serio que es la derecha. Una carrera de relevos por el poder y la moda. Una competición en la que los socialistas llevan las de ganar, porque al contrario que los conservadores, para ellos estar a la moda no supone una actitud forzada ni vergonzante. Es diríamos su vocación. Una vocación que se verá refrendada los próximos 3 y 4 de julio en el XXXVI Congreso Federal. Ni marxismo ni socialdemocracia, republicanismo ciudadano. Ni Versace.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
martes 11 de mayo de 2004

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