La patronal, en su salsa
La carrera por la presidencia de la Confederación Canaria de Empresarios ha comenzado. Sebastián Sánchez Grisaleña, representante de la pequeña empresa que se aglutina en torno a Cecapyme ha dado un paso al frente presentando su candidatura, una vez fracasados los intentos de consensuar una lista única. Mala cosa. No la presentación de Grisaleña, desde luego, que nos parece, más allá de las luchas intestinas que imperan en la patronal de Las Palmas, un gestor entregado en cuerpo y alma, como buen guardameta que fue, a la defensa del marco de las pymes; sino el hecho de que, una vez más, y si un pacto de última hora no lo evita, nos enfrentemos a otra de esas luchas fratricidas por el poder en la cúpula del órgano que representa al empresariado. Poco se sabe de cuántos y quiénes acompañarán a Grisaleña en esta aventura electoral. Por lo pronto, todos coinciden en que Mario Rodríguez, del sector de las clínicas privadas, será uno de ellos, encabezando un proyecto que cuenta con el mayor número de adhesiones. Pero es algo más que previsible que no sean sólo ellos dos los que pujen por el cetro de oro de la cúpula empresarial.

Las opciones que barajaban la presencia de otras importantes figuras como Oliver Alonso, Roberto Góiriz o Alberto Cabré, recientemente nombrado presidente del Círculo de Empresarios, por cierto, se han difuminado en ese intento de alcanzar el consenso para dar paso a una segunda columna de candidatos con menor incidencia pública y, por tanto, menos susceptibles de despertar recelos en las distintas facciones. Con todo, a día de hoy nada es descartable. Ni que algunos de los que se dan por retirados acaben finalmente postulando su designación, ni que aparezca algún gallo tapado, ni que se produzca el tan ansiado, pero a la vez esquivo, acuerdo entre los distintos sectores que luchan por el control de la patronal.

En cualquier caso, el mensaje es el mismo desde las elecciones que dieron el triunfo hace ya casi tres años a Antonio Rivero: no más espectáculos. Es una idea que he venido manteniendo desde entonces y que he expresado reiteradamente desde el último y tristemente famoso almuerzo de Navidad de la Confederación, en cuyo contenido no voy a detenerme por conocido y por la delicadeza y mesura que deben marcar el debate en el que nos hayamos inmersos.

El Archipiélago en su conjunto, y la provincia de Las Palmas como referencia inmediata, ni puede ni debe permitirse fisuras tan amplias como las que presenta su tejido empresarial. Más allá de personalismos excluyentes o de objetivos y líneas estratégicas disidentes, hay un proyecto común que se llama Canarias para el cual no sólo es necesario el esfuerzo conjunto, sino la unión en torno a ciertas premisas básicas. Sólo desde la unidad –que no implica evidentemente sometimiento o renuncia de ningún tipo, sino más bien entendimiento y generosidad– es posible construir esa economía fuerte, abierta y fiable que precisamos todos, desde el más desasistido de los parados hasta el más influyente hombre de negocios.

Reiteramos, por la importancia que merece, que sean cuales sean las propuestas y sea cual sea la resolución, la paz empresarial es el único camino válido para el futuro. Si es a través del consenso, mejor. Si es merced a una presidencia respaldada por la mayoría de los sectores, también. Pero es hora de desterrar actitudes cicateras y miopes que no conducen más que al estancamiento y la regresión. El futuro precisa de emprendedores audaces y de amplias miras. Los reinos de taifas estaban bien, si acaso, para aquellos oscuros tiempos del cólera. Pero eso ya se acabó. Hace tiempo. Aunque da la impresión de que algunos aún no se han enterado.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
miércoles 12 de mayo de 2004

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