El Teide, a su bola
Algo se mueve en el Archipiélago, pero desgraciadamente no en las esferas (no caerá esa breva) de la economía, la política, la sociedad o la cultura. Hablamos de sismología y vulcanología, fenomenologías que para la mayoría de los ciudadanos se habían convertido prácticamente en exóticas, a pesar de la intensa relación entre ellas y la génesis, evolución e historia de las Islas. Los movimientos sísmicos han sido compañeros de viaje del canario, en eso que hemos definido como el reino del seísmo silente, con mayor o menor virulencia. En el primer caso, siempre relacionados con erupciones volcánicas. La profusión de pequeños terremotos en los últimos tiempos, localizados en la mayor parte de las veces bajo el mar, ha dado paso a una actividad descarada y alarmante en tierra firme. Hace seis meses fue la isla de Gran Canaria la que se vio sacudida por un temblor de proporciones estimables que provocó el pánico entre la población. El martes le tocó el turno al norte de Tenerife, con cuatro sacudidas principales que alcanzaron 1,7 grados en la escala de Richter. Y ahora se detecta movimiento de magma a escasos tres kilómetros de profundidad en el mismo lugar.

Las señales parecen claras, algo está ocurriendo bajo nuestros pies, y todo parece indicar, tal y como ya ha advertido la comunidad científica, que se trata de una erupción volcánica localizada en la isla tinerfeña. Una erupción que los expertos auguran “tranquila” y para la que el Gobierno regional ha decidido prepararse activando el plan de prevención de riesgo volcánico que, inexplicablemente, no se había atendido desde 1996. Es algo que relaja (la activación, desde luego, no la dejación de los últimos ocho años), en la medida que puede relajar la certeza de encontrarnos ante un fenómeno de estas características. Es decir, que al optimismo de los científicos sobre esa erupción “tranquila” y a la relativa celeridad del Ejecutivo por articular las medidas de prevención y protección –recordemos los innumerables movimientos leves que se han venido produciendo y que fue la noche del pasado 28 de octubre cuando la tierra dio su primer gran aviso–, hay que contraponer la certidumbre histórica de que ante este tipo de manifestaciones de la naturaleza no se puede estar seguro de nada. Ni de que sea “tranquila” ni de que sea violenta, ni de si desbordarán las previsiones o de si tan siquiera hubiese sido necesario activarlas.

Por tanto, debemos estar preparados para la peor de las circunstancias (para le mejor nos basta con comprar un paquete de pipas y sacar entradas para el espectáculo) y no escatimar esfuerzos en la ejecución de los planes pertinentes, que deberán desarrollarse hasta sus últimas consecuencias, al más alto grado de definición y cumplimiento, de ésos de alerta roja. Al menos, hasta que los estudios y los hechos señalen la verdadera dimensión del fenómeno.

La naturaleza no suele dar dos oportunidades y las señales resultan evidentes. Comentábamos en esta misma sección en octubre, tras el terremoto de Gran Canaria, algunos de los defectos esenciales que en aquella ocasión quedaron al descubierto, cuales eran la escasez de centros de observación sísmica y el flujo de comunicación en casos de catástrofe del teléfono de emergencia 112. Ahora hay que ir más allá. Sin alarmismo, pero con decisión y diligencia. Pues no es la llamada a la prevención lo que degenera en alarmismo, sino la dejación, el desprecio al riesgo y la indolencia. Eso que hace que todo se ponga en marcha cuando ya es demasiado tarde. Es un proceder que se nutre del lamento, la disculpa y la dimisión. Pero eso, la verdad, no nos sirve para nada.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canariasjueves 13 de mayo de 2004

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