Euro Ramón
Eurovisión es demasiado. Es el gran circo de la música europea, donde podemos encontrar desde reputados malabaristas de la armonía a esperpénticos payasos del show business, desde arriesgados trapecistas a taimados encantadores de serpientes. Muy poco en Eurovisión tiene que ver con el talento. No en sentido absoluto, desde luego, digamos mejor que el talento, que lo hay, está al servicio del espectáculo, y entonces se convierte más que en talento en talante, en capacidad buhonera para la fascinación momentánea, para el rapto emocional de una audiencia cachonda y estupefacta. Aquí te pillo y aquí te canto. Mañana ya se verá.

El prototipo de canción ganadora del festival es claro: música festiva, popera, con letra a noventa días, fresca, pegadiza, cantada en inglés e interpretada a) por chica adolescente de buen ver o b) conjunto o grupo dicharachero, cuanto más estrafalario, mejor. Lo demás está prácticamente abocado al fracaso, con las excepciones que todos conocemos, pero que no logran derivar un ápice el perfil de la estadística.
Otra consideración de relevancia en torno al certamen es la descarada influencia de los intereses políticos y del coleguismo regional. Consideración de la que siempre se había sospechado y especulado en tertulias, supermercados y cafés, pero que con la apertura a los países de la Europa de Este se ha visto confirmada y en grado extremo. País vota a país que a su vez le vota y vota a su vez al país de al lado sin cortarse un pelo al grito de “y a mis vecinos doce puans”. Toma ya carrera de solfeo. Factor éste del que las naciones occidentales comienzan a tomar buena nota –las tres máximas puntuaciones que obtuvo el canario Ramón del Castillo fueron de Francia, Portugal y Andorra–, algo que de poco les vale ya porque, quieran o no, han pasado a constituir la inmensa minoría.

Eurovisión viene a ser, pues, algo así como la OTAN del desmadre o la UE de la cursilería. Una feria, un circo o un mercado marginal en donde buscan consuelo los postergados en ese otro gran montaje que es la política. Ucrania, Macedonia o Letonia no pintan casi nada en la Comunidad Europea, pero ganar el festival compensa ampliamente su condición de Estado minimalista. En esto tiene mucho en común con la UEFA y la Champions League: son atajos que toma el orgullo patrio para reivindicar a través del balón o del micrófono su existencia, vitalidad y presencia en el contexto internacional. Así el país se esté cayendo a cachos.

Ramón no debe sentirse, por tanto, herido, molesto ni fracasado. Eurovisión es un gran escaparate, pero no determina en absoluto ni la valía ni el futuro de sus participantes. De hecho, son muchos más los perdedores que han sedimentado una fructífera trayectoria musical que los ganadores: Julio Iglesias, Massimo Ranieri, Nicola di Bari, Mocedades, Olivia Newton-John, Albano, Silver Convention, Baccara, Braulio, Umberto Tozzi, Scott Fitzgerald, Domenico Modugno, Sergio Dalma, Nana Mouskouri, Raphael, Cliff Richard..., ¿pero quién se acuerda de Sèverine, Teach-In, Marie Myriam o Buck’s Fizz?, con perdón.

Ramón debe mirar al frente y centrarse en desarrollar esos valores que lo convierten en una de las principales promesas de la joven música española. Eurovisión es, como hemos visto, una prueba condicionada, sobre todo si se ve uno limitado por el empeño de TVE en exportar rumbitas, flamenco light, pseudosalsa y otras majaderías. Es lo mejor, junto a Tony Santos, Bustamante y Bisbal de la factoría de aspirantes a algo que es OT. Sólo de él depende que esto sea el fin de un sueño o el principio de una sólida carrera. Esfuerzo, constancia, dedicación, humildad… Por lo pronto, tiene nuestro apoyo y nuestra confianza. Al tajo, pues. Dale, Ramón, que sigues siendo un campeón.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
martes 18 de mayo de 2004

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