Marina con patera
No hay nada como una buena culpa ni mejor solución a un problema que un buen culpable. Es la panacea de la eficacia. Si estalla una bomba, si naufraga una patera, si se incrementa el paro, si no nos invitan a una cena… basta con señalar a un responsable, y a dormir con la conciencia tranquila y la satisfacción por el deber cumplido. Es como si detrás de la culpa se escondiese la redención, como un sucedáneo barato de esa máxima que estipula que en el origen del problema está el remedio. Da igual que en la falta sean muchos o pocos los factores determinantes, sean más o menos quienes la hayan propiciado e incluso sea el propio delator uno de sus principales causantes. Ante el fracaso, basta con hallar al culpable, y ya está.

En el mundo han sido siempre más las culpas y los culpables que los problemas y remedios. Responsabilizamos a los meteoritos de la desaparición de los dinosaurios, pero aún no hemos sido capaces de diseñar un mecanismo de protección contra ellos; la Inquisición veía en las brujas, científicos y magos la causa de todos los males, y los quemaron, encerraron y torturaron, pero los males continuaron pululando por la Tierra; Hitler imaginó en su delirio que las culpas de la miseria aria eran de los judíos y promovió su exterminio, la miseria aria no había hecho más que comenzar; a Mao le dio por los libros, el arte y la historia, quiso hacer de China una sociedad libre pero sin memoria, un árbol sin raíces, desde entonces la cultura y filosofías milenarias chinas se han convertido en uno de los principales referentes del mundo occidental; Estados Unidos creyó ver en Sadam Hussein al mismísimo Lucifer y no paró hasta derrocarlo, apresarlo y exhibirlo, pero el mundo continúa siendo un infierno; Bin Laden dirige sus imputaciones hacia Occidente como promotor de las desgracias del mundo árabe, sus crímenes han logrado que la desgracia se convierta en masacre y rencor…

Las culpas son también domésticas. Todos somos susceptibles de culpa y capaces de culpar. Por tanto, las posibilidades estadísticas de cargar con responsabilidades son tan infinitas que a uno le extraña que no le endilguen más de las que ya sustenta. La culpa del precio de la vivienda la tiene el Gobierno, pero no sé ni cuántos gobiernos han cambiado ya y aún seguimos con ésas. La culpa de mi mal humor la tiene la vecina, pero desde que se mudó mi mal rollo no ha hecho más que aumentar. La culpa del cáncer la tiene el tabaco, pero el número de fumadores decrece a ritmo acelerado y la detección de tumores se multiplica en la misma proporción…

La culpa suele ser gratis, y quizá por eso se encuentre tan extendida. Además, la reacción en positivo a la culpa es la disculpa, si se da, y ya sabemos que eso tampoco arregla nada. Es decir, que la inutilidad de la culpa es sólo comparable a su proliferación. Y viene todo esto a cuento por el espectáculo culpabilizador al que nos someten CC, PP y PSOE en relación al fenómeno de la inmigración ilegal y el naufragio de pateras. Cuando gobernaba el PP en Madrid, CC y PSOE lo culpaban, mientras el PP canario negaba, ahora gobierna el PSOE y el PP lo acusa mientras CC calla. Siguen llegando barquillas y continúan las muertes y los naufragios. Para los inmigrantes la culpa sea probablemente de sus gobiernos, del hambre o de las guerras. Del mal tiempo, de los negreros, de las mareas…

¿Y el mea culpa, qué? Pues debe de ser la cenicienta. La niña pobre y olvidada de la familia Culpera. Vale, al igual que la disculpa, tampoco decir asumo toda la responsabilidad arregla absolutamente nada. Pero no me discutirán que, cuanto menos, resulta un ejercicio de humildad, responsabilidad y cordura de agradecer entre tanta balacera.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
jueves 20 de mayo de 2004

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