La cosa
El Tribunal Superior de Justicia de Canarias ha dado la razón al Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria en su pugna por implantar el sistema de control laboral basado en el reconocimiento de la huella digital de los empleados. Fue un dispositivo promovido por José Manuel Soria en su etapa de alcalde y que contó desde un primer momento con el rechazo frontal del funcionariado. Ahora Pepa Luzardo sonríe e ironiza, que buena falta le hacía ya, ante una victoria judicial que permitirá, a su entender y al del TSJC, “un mejor servicio al ciudadano en términos de puntualidad, asistencia y permanencia”.

Los sistemas de control laboral a través de dispositivos electrónicos siempre me han parecido propios de ese mundo feliz que imaginó George Orwell en su día, me sugieren la deshumanización del trabajo y el automatismo de las conciencias. Primero pasamos de los seres a los nombres, de ahí a los números, luego a un código de programación y, finalmente, a la nada. Pero realmente nunca llegué a explicarme por qué los sindicatos municipales rechazaban precisamente el método del dedo infografiado, siendo como es, al igual que ese otro basado en la lectura de las pupilas, el más humano y personal de todos ellos. Ante la fría y despersonalizada tarjeta o a la firma en el registro de entrada, la calidez y el temperamento de esa leve extremidad en contacto con la célula fotográfica supone al menos un recuerdo de una humanidad perdida entre balances de gestión, productividades y rentas. Es una simbiosis hombre-máquina que nos introduce en el concepto de cyborg, el consenso entre el hombre y su creación, frente al de robot, en el que el ser humano desaparece definitivamente para dar paso al reinado del androide y el ordenador como nuevos señores del planeta.

Cierto es que el control dactilar dificulta la picaresca, el ficha tú que a mí me da la risa, por su condición digital de única e irrepetible. Pero ahí también radica su encanto, dentro de la maldad que supone, como ya hemos expresado, tal sometimiento de la humanidad a los mecanismos de la técnica. La banda magnética no podrá competir nunca con el pulgar, ni con el índice, el corazón, el anular o el meñique. Somos únicos, incluso para esto.

Ahora, si me dieran a elegir, yo optaría por un sistema aún más cálido de control, más amable, divertido e igualmente efectivo. Escogería, por ejemplo, el del fotomatón. Nuestro rostro es inconfundible, imposible de falsificar. Llegas al puesto de trabajo, te pones delante de la maquinita, ¡y flash!, tu foto en un segundo. La imagen iría directamente a la central de procesos para el dichoso control, y las mejores podrían ser expuestas en la cafetería o en recepción: Dolores, a las 08.00 horas (resacada que no veas); Mariano-08.15 (despeluzado); Juan-06.45 (tiene el reloj fatal); Yaiza-07.20 (expresivo corte de mangas); Laly y su multa por mal aparcamiento-08.30; Roberto y Mary-08.20 (nos invitan a una fiesta)… Se podrían hacer concursos de la foto del día, llevarse al niño y al marido, imprimir pósters para el despacho de la alcaldesa e incluso validarlas para el carné de conducir y/o de identidad. Seguro que el TSJC estaría igual de encantado. Miren al pajarito.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
viernes 21 de mayo de 2004

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