Ambos los dos
Lo siento, pero toca. He estado eludiendo las referencias al enlace entre los príncipes de Asturias, don Felipe de Borbón y doña Letizia Ortiz, por dos razones fundamentales: una, por la distancia sentimental con que me coge todo esto; y otra, porque es tal el despliegue informativo y opinante en torno a la boda que uno pensaba que le iba a quedar poco o nada que añadir. Hoy es el gran día, para los novios, sus familiares y amigos y para toda esa mayoría de españoles que, abiertamente o en secreto, se van a beber las lágrimas ante el espectáculo. Yo no seré uno de ellos, aunque tampoco lo descarto, fundamentalmente porque ahora ando enredado en asuntos de bitácoras y páginas de Internet y, eso, quieran que no, me produce una satisfacción personal que dudo pueda proporcionarme el casamiento, por muy real que sea. Y menos aún, sin haber sido invitado.

Hoy toca hablar de las nupcias, en este caso por tres razones fundamentales: una, porque se trata de un asunto de Estado que ningún analista debe obviar; otra, porque ante la imposibilidad de regalar nada costoso, glamuroso, espectacular o estrafalario, no me parece mala opción la de este artículo, del que posiblemente la pareja no tenga conocimiento jamás (digamos, como bien expresó mi buen amigo Manolo González Mestisay en su día, que ellos nunca lo leyeron y que yo nunca lo escribí); y la última, porque para mi sorpresa, a pesar del maremágnum ninguna de las opiniones vertidas coinciden plenamente con la mía.

Esto probablemente haya que achacarlo a que, en realidad, no tengo opinión formada al respecto. Lo cual no quiere decir que el asunto me las traiga al pairo. Ni siquiera lo contrario. No puedo hablar desde el punto de vista republicano, porque sería como si un boxeador intentara marcarse una lección de fútbol; tampoco desde el monárquico, porque no es la mía ambición de cortesano; no opino desde la izquierda, porque allí se casan y mucho, y ahora se quieren casar más; ni tampoco desde la derecha, porque para eso están Aznar, Ussía o Ansón. No puedo tampoco hablar desde el pueblo, porque el pueblo ya habla por sí sólo, y quien se arrogue su portavocía está como para maniatarlo. Ni siquiera desde mi condición de periodista, porque ya me contará usted qué hace un periodista metido en asuntos de bodas. Para eso está ya el gremio del corazón, que no sale de una para meterse en otra.

Me queda, pues, sólo ese yo y mis circunstancias que precisara Ortega y Gasset. Y ese yo, como ya he dicho, está un tanto ausente del boato nupcial porque no representa una parte relevante de sus circunstancias. Con todo, debo expresar mi felicitación a la pareja y desearle el mejor de los futuros; es algo que, como el agua, no se le puede negar a nadie. Me caen bien, tanto la una como el otro, al igual que la práctica totalidad de la Familia Real. Felipe ha encontrado por fin ese referente en el que apoyarse y tras el que parapetarse de las habladurías. Y, o mucho me equivoco, o Letizia está llamada a convertirse en piedra angular de la política monárquica en el futuro inmediato. Desde luego, no parece que vaya a conformarse con un papel de doña Sofía II, modosa y discreta. La Ortiz Rocasolano lleva sangre de periodista y no de una periodista cualquiera, sino la de una profesional inquieta y ambiciosa, digna representante de la mujer de nuestros días. Salvando las distancias (a favor de la española), es casi una Lady Di. Doña Leti tiene en sus manos la posibilidad de renovar y modernizar la imagen de la monarquía en este milenio, siempre y cuando logre evitar el desorden personal y ambiental que acabó con la de Gales. Don Juan Carlos deja el listón muy alto. Del éxito o el fracaso de la gestión institucional y popular de la nueva pareja dependerá probablemente la permanencia de ese modelo español de monarquía parlamentaria, tan ligado a nuestra democracia. Punto. Mi yo retoma sus circunstancias, y se vuelve a blogear.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
sábado 22 de mayo de 2004

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