La UD, de rodillas
Anda Gran Canaria en peso, menos los que, como yo, desbordados por las circunstancias, hemos decidido hace tiempo entregarnos a una especie de ateísmo futbolístico, pendientes del milagro de la salvación de la Unión Deportiva Las Palmas. En esta ocasión, claro está, se habla de milagro no como la intervención de la entidad divina, sino como la confirmación de las posibilidades que, calculadora en mano, aún ofrece eso que en el mundillo del deporte se conoce, a grosso modo, como las matemáticas. Da igual, pedirle a un equipo que sólo ha sido capaz de ganar un encuentro y de sumar cinco puntos en las últimas doce jornadas que reconduzca en tan solo cuatro partidos la situación es, en la práctica, exactamente lo mismo que postrarse ante Santa Rita para rogarle el favor para el remedio de lo imposible. En ambos casos, la razón arroja la toalla para ceder el protagonismo a lo sobrenatural, un mecanismo del subconsciente que se resiste a aceptar la cruda realidad y la tendencia, casi ineludible, hacia el desastre.

Estos milagros de andar por casa me recuerdan chistes de siempre, como aquel que relataba las peripecias de un sujeto que acudía diariamente a la iglesia a rogar por que le tocara en suerte un Gordo de la Lotería, hasta que alguna imagen del santoral, un tanto harta de las continuas peticiones del individuo, le espetó que, para empezar, lo menos que podía hacer era comprar un décimo; cosa que, al parecer, hasta entonces no había ocurrido. Es decir, que el verdadero milagro está en nuestro trabajo y en nuestra actitud ante la vida, en el esfuerzo y en la superación; aunque de cuando en cuando caiga la breva de un golpe de suerte fortuito. Es decir, que como bien expresó Lorca en lo que concernía a su inspiración particular, si las musas han de venir, que me cojan trabajando.

El Club Deportivo Tenerife llegó a esa conclusión muchas jornadas atrás, cuando precisamente compartía puesto de descenso con la Unión Deportiva Las Palmas. Antes que encomendarse a la Divina Providencia, decidió saltar a los terrenos de juego como si cada encuentro fuese el último, decisivo y determinante. El resultado es que hoy el famoso milagro (en este caso desgracia, la otra cara del espejo del prodigio) consistiría en que el cuadro que dirige Martín Marrero descendiese, en ningún caso su permanencia. La UD ha dado demasiada crédito a la fortuna y ésta se ha transmutado en fatalidad, lo que conduce inexorablemente a la desesperación y a la plegaria.
A la UD le tendría que salir todo bien y al resto todo mal para que se materializaran sus deseos. No es imposible, pero altamente improbable. En cualquier caso, para subvertir la inquietante proyección del destino que ahora mismo atenaza a los isleños los efluvios de ese milagro deben ser macerados sobre el césped y en el vestuario. No existe margen de error (no lo existió nunca, pero ahora menos), y aunque nos consta que la plantilla se esfuerza partido tras partido por el objetivo, el sacrificio debe ser elevado en esta tesitura a su grado sumo.

Milagro sí, pero en la portería contraria (la de la UD parece ya el altar mayor de Segunda). Es la diferencia entre el “levántate y anda”, que según cuenta la Biblia le bastó a Jesús para resucitar a Lázaro, y esa versión tampoco contrastada que apunta más bien a un “levántate, anda”, ante una supuesta actitud ociosa del de Betania. En ambos casos se trata de un milagro, el primero de carácter sobrenatural, y el segundo de extracción cotidiana. Ese es el único prodigio que hoy le vale a la UD, el del esfuerzo y el sudor, el del “levántate, anda”.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
martes 25 de mayo de 2004

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