Rodríguez y Grisaleña
Mario Rodríguez ha sido proclamado finalmente, tal y como se vaticinaba, presidente de la Confederación Canaria de Empresarios. Cierto es que por un margen mucho más estrecho de lo que los analistas esperaban, lo cual viene a confirmar la notable ascendencia de Sebastián Sánchez Grisaleña, el otro candidato en disputa, entre amplios sectores del empresariado provincial. Estrecho margen de triunfo que, sin embargo, no resta un ápice de valor a una victoria que debe suponer necesariamente un golpe de timón radical en los modos y maneras con los que hasta ahora se ha venido conduciendo la máxima institución patronal de Las Palmas.

Hay motivos para el optimismo. En primer lugar porque, a excepción de algunos rifirrafes esporádicos y declaraciones fuera de lugar, el proceso electoral se ha desarrollado dentro de las normas que rigen el juego limpio, rozando casi la normalidad democrática. En segundo lugar, porque ha sido el propio derrotado quien se ha apresurado a estrechar la mano del vencedor y en declarar su predisposición para la colaboración en aras de reconducir la línea del órgano empresarial. En tercer lugar, por la postura prácticamente unánime de los representantes sectoriales abogando por un cierre de filas en torno al nuevo presidente. Y, por último, por el propio talante de Rodríguez, quien, a priori, parece tener claros los objetivos, los procederes y, sobre todo, los errores en los que no se debe volver a incurrir. Quienes abogamos desde hace tiempo por la renovación de la CCE, no en lo que a personas se refiere, sino en su línea de actuación y en el papel que debe jugar como motor, junto a la CEOE, de la economía canaria, en un momento especialmente delicado, saludamos al nuevo gobierno de la patronal con esa dosis de confianza que todo nuevo proyecto merece. Igual hubiera sido si la balanza electoral se hubiese inclinado a favor de Grisaleña porque, lejos de los personalismos, reinos de taifas y actitudes egoístas de grupos y personas, lo que prima es la resolución conjunta de los graves problemas que afectan al mundo empresarial y laboral, y la asunción de los planes pertinentes para la expansión de la economía canaria más allá de nuestras fronteras.

Igual que hay motivos para la esperanza , existe también un espacio para la inquietud. La preocupación derivada de la certeza de que las luchas intestinas que hasta ahora han imperado en el órgano empresarial no se pueden acabar de un día para otro. Los múltiples y variopintos intereses de los distintos sectores y el papel que los diferentes lobbys han venido jugando en los últimos tiempos amenazan seriamente el proyecto. Para evitar el fracaso será esencial que todos aquellos que se han manifestado a favor de la unidad y del apoyo a la nueva era que ahora se inicia sean capaces de confirmar esa predisposición en la práctica y que quienes hasta ahora se han parapetado tras el búnker de su interés particular deriven su empeño hacia ese ejercicio de generosidad del que el interés común anda tan necesitado. La tarea se presenta difícil, pero desde luego que si ha existido un momento en las tres últimas décadas para superar esos obstáculos es precisamente éste.

El movimiento se demuestra andando; y el reposo, también, porque sin meneo no hay quietud. Los abrazos y las palabras están muy bien (de eso tenemos para dar y regalar en los archivos del periódico), pero mucho mejor será el compromiso militante, esforzado, sincero y cotidiano por alcanzar el objetivo anhelado de eficacia y unidad.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
miércoles 27 de mayo de 2004

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