Turistas de crucero
Fue el verano pasado cuando caí en la cuenta. Un corto recorrido por Sonneland, uno de los complejos de apartamentos y bungalós más importantes de Maspalomas, bastó para cerciorarme de que el sustrato del sector turístico estaba seriamente quebrado. De cada tres empresas hoteleras, dos permanecían cerradas, y la tristeza invadía las calles, los centros comerciales y los restaurantes de lo que recordaba como una zona alegre y bulliciosa. Desde entonces, las noticias y las confidencias han ido apuntando siempre en la misma dirección, el bache que ahora apenas comienzan a reconocer las patronales y las instituciones no es más que la punta del iceberg de lo que realmente ocurre y de lo que aún queda por ocurrir.

Los representantes empresariales se han creído hasta la fecha en la obligación de mantener en secreto la crítica situación por la que atraviesa la denominada industria del ocio en Canarias, su principal fuente de riqueza, entendiendo que dar la voz de alarma supondría generar el pánico y dañar la imagen del sector dentro y fuera de nuestras fronteras. Ese ejercicio de responsabilidad y proteccionismo resulta loable y altamente efectivo ante crisis leves de carácter coyuntural, pero se revela profundamente inútil y contraproducente si el retroceso es producto de una depresión más amplia, de orden estructural. Las últimas iniciativas sectoriales, como la constitución de un gabinete de crisis por parte de los empresarios de hostelería y turismo de Las Palmas, confirman la tesis de que estamos ante el segundo de los supuestos y que la patronal ha decidido, al fin, activar los mecanismos de urgencia necesarios para prevenir y contrarrestar los efectos de la involución, así como aquellos que conlleven a la búsqueda de soluciones urgentes y efectivas.

Las instituciones, especialmente los patronatos de Turismo insulares y el Gobierno de Canarias, continúan, aunque hay que reconocer que cada vez en menor medida, adoptando la táctica del avestruz. Proclaman el “no pasa nada” (o de unas semanas a esta parte: “pasa, pero pasa poco”), como si el verbo pudiera efectivamente hacerse carne y habitar entre nosotros. Imbuidos de ese carácter protector del que también han hecho gala los empresarios, continúan con sus, por otra parte necesarias, tareas de promoción exterior, perdiendo quizá un tiempo precioso para la reflexión y la búsqueda de remedios y alternativas.

Pero, como hemos dicho, la relativa quietud que se respira en la superficie no puede ocultar ya por mucho más tiempo el terremoto que se fragua en las profundidades. Los comerciantes, pequeños restauradores y hosteleros de a pie saben bien lo que decimos porque son los primeros en advertir los síntomas y encajar antes que nadie sus golpes. Ellos hace tiempo que vienen estableciendo un paralelismo entre la situación actual y las primeras manifestaciones del crack turístico de finales de los ochenta. Y de esto saben algo. Desde luego, mucho más que un servidor. Son los vigías de la economía por su especial sensibilidad a las transformaciones. Y, al parecer, en esta ocasión, tampoco vuelven a andar muy desencaminados.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
viernes 28 de mayo de 2004

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