Aquí va un aparcamiento
Las Palmas de Gran Canaria cuenta a día de hoy con más boquetes que Sarajevo. A Pepa Luzardo parece que le ha entrado la fiebre de la obrita, el casco, el escombro y el martillo taladrador. No es cosa mala ésta de la mejora de las vías e infraestructuras urbanas, lo que uno no acierta a entender es el motivo por el cual todas ellas han de confluir en el tiempo y en el corazón de algunos de los puntos más conflictivos del tráfico rodado en la capital. De esta forma, al de por sí habitual embotamiento circulatorio hay que añadir los obstáculos propios de la construcción, que vienen a dejar el entramado de calles tal que circuito de Mónaco o pista americana.

La Isleta, el Barranquillo de Don Zoilo, el mismo Paseo de Chil o, desde ayer, Néstor de la Torre forman parte del amplio abanico reformador que el Ayuntamiento ha puesto en marcha, unas veces por asuntos de cables, otras por tuberías e incluso por aparcamientos, que si la cuestión estriba en un por qué, de eso lo hay y mucho en la agenda del gobierno municipal. Luego están las otras, las particulares, que pasan un tanto más desapercibidas en su condición de privadas y, en principio, escasamente invasivas , pero que por la misma razón logran mantenerse un tanto al margen del control que debe velar por la corrección en las actuaciones. Es el caso de La Cornisa, en donde las obras del polémico pasaje hacia las nuevas viviendas en construcción dejan un reguero de áridos por la carretera que ya ha dado más de un susto a conductores en general, y motoristas en particular, que suelen ser los primeros en salir volando a poco que aparezca una china sobre la calzada.

La ciudad está siempre de lifting, como quien dice, de renovación y recreación perpetua. Y, como todo cambio de imagen, éste conlleva también una serie de sacrificios de los que bien podrían documentarnos monstruos del bisturí y la pantalla como la Sara Montiel, la Tamara o la Loli Alvarez. Pero Pepa no es de ésas. Ni de lejos. Ella, dicen, no flirtea con la dermoestética, ni falta que le hace dicen también, pero en su defecto somete al municipio a una liposucción descomunal y acelerada repartiendo socavón y drenaje como caldito en verbena. Desconocemos a qué tipo de planificación responde tanta reforma sincrónica o a qué doctor habrá que achacarle el tratamiento. Pues no es normal, ni en cuerpo ni en urbe alguna, acometer más de una operación al mismo tiempo, y menos sin tiempo para el reposo y la cicatriz, es decir para una digna convalecencia.

La capital grancanaria se encuentra, pues, abierta en canal, como Venecia, pero en seco y polvoriento. Y sólo se me ocurre que esta proliferación de obras tenga como explicación la urgencia que requiere finiquitar las obras menores ante las impresionantes actuaciones que se nos vienen encima, a saber: la transmutación de la isla en continente (o sea, la edificación del istmo) y el derribo del escaléxtric para la recuperación, dicen, del barranco de Guiniguada.

Tal aceleración inusitada nos lleva a la conclusión de que en el entramado urbanístico municipal, portuario e insular las cosas se mueven a un ritmo frenético, y que los pilares de los dos macroproyectos señalados se encuentran en estadios más avanzados de lo que uno podría esperar. Obras por un tubo para allanar el camino a otras nuevas y más grandes. El cuento de nunca acabar. Y mientras, los arquitectos foráneos de visita, cual cirujanos plásticos que atienden a su clientela. Suponemos que encantados de la vida. Total, la ciudad está que da penita, pero, en el fondo, no es fea.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
miércoles 2 de junio de 2004

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