Kid Borrell y Toro Mayor Oreja
Al fin, ya están aquí. Tras once años de súplica y desconsuelo, los debates electorales vía TV vuelven en todo su esplendor y capacidad de convocatoria. Nada menos que tres millones de almas ociosas se dedicaron a seguir la noche del pasado martes la primera de las confrontaciones anunciadas entre los máximos candidatos socialista y popular, José Borrell y Jaime Mayor Oreja, respectivamente, en estos comicios europeos. Y digo confrontación porque, como ya he señalado en alguna otra ocasión, esta suerte de mecanismo circense electoral dista mucho de lo que algunos quieren vendernos, es decir, de una expresión democrática de alto nivel. Nada más lejos. Los debates televisivos no son más que un rifirrafe en directo, un reality show, la herencia comercial del political spectacle estadounidense, y tanto peor cuanto mayor rango ostentan los contendientes.

El embate, que no debate, entre los dos viejos rockeros del bipartidismo nacional, cumplió con todos los preceptos del género: bombardeo publicitario previo en la cadena de turno, exageración desvergonzada de su trascendencia, puesta en escena digna de estrellas del pop, cruce de acusaciones y reproches mutuos, y exhaustiva labor de los jefes de gabinete-managers, psicólogos y estilistas. Democracia en estado puro, que lo llaman.

Ciertamente, a los euroescépticos y a los indecisos, esta nueva refriega popular-socialista no les ha ayudado demasiado –otra constante en la ley del debate electoral–, sino más bien lo contrario. Lejos de la explicación serena y meditada, pedagógica, de las líneas programáticas de cada cual, y su discusión sosegada, clarificadora y argumentada, el estilo de la máxima expresión democrática impone el insulto, el ninguneo, la demagogia y la ridiculización. El culto a la barbarie y a la perversión intelectual, factores de los que este país en general, y la televisión en particular, ya van sobrados. Se habló de Bush, de González, de Irak, de Aznar, de ZP of course, del 11-M, de terrorismo etarra e islamista, de mentiras y hasta casi de sexo y cintas de vídeo. ¿Europa? Bien, gracias. Bueno sí, algo se dijo sobre la Constitución Europea y las grandes aportaciones de PSOE y PP a la unidad continental.

Pero, ¿qué ofrece cada partido en los aspectos concretos?, ¿cuáles son las diferencias fundamentales de sus líneas de actuación?, ¿qué resultado práctico pueden acarrear a la economía, la sociedad, la cultura cada una de las opciones?, ¿qué herramientas se ofrece al ciudadano de a pie para escoger entre una u otra sigla? Mutis por el foro. ¿Pero qué pasa con los fondos estructurales, con la política exterior común, con las consecuencias de la reciente ampliación, con la política de seguridad y defensa, el pacto de estabilidad, los planes de comunicación, el software libre, las reformas de las legislaciones fiscales, mercantiles y administrativas de los estados para facilitar el mercado común, el euro…? O, en lo que atañe a Canarias de una forma directa, el estatus de las regiones ultraperiféricas, el plátano, las políticas sobre inmigración, la libre circulación de personas versus control de residencia, la delimitación de las aguas….

Si ya de por sí resulta muy poco democrático circunscribir los anhelados debates a los dos partidos mayoritarios (como si IU o CC, por un poner, no tuvieran nada que decir al respecto), todo en aras de las audiencias y el prime time, el formato y el contenido de los mismos se manifiestan simplemente alienantes y embrutecedores, protofacistas incluso, que espetaría algún filósofo de corte humanista.

Los medios usan adjetivos como “vibrante”, tal candidato fue más “brillante” y este otro “reservón”. Tal que un combate de boxeo o un partido de fútbol. Algunos siguen empeñados en descubrirle valores a esto, allá cada cual y su idea de democracia. Pero para un servidor, antes que debates, éstos siguen siendo embates. En toda regla.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
jueves 3 de junio de 2004

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