El expreso de Tenoya
Los trenes canarios aún no cuentan con un miserable raíl donde posar sus vagones y ya nos tienen mareados, ahítos con ese chacachá machacón, picantillo y pseudoerótico que popularizaron las Hermanas Fleta a mediados del siglo pasado y que recreó con su maestría habitual El Consorcio hace un par de décadas. Al compás del chacachá, pues, se desarrollan el debate y el proyecto, otros más, en esta tierra Canaria que hierve en iniciativas de carácter portuario, golfístico (de golf, no se me crucen), urbanístico e intercomunicador.

Todo tiene su origen, al parecer, en la generación de unas partidas europeas para la puesta en marcha de planes relacionados con este medio de transporte. Canarias, que está por no perderse una, se apunta. No por la necesidad que las Islas puedan tener de tal, sino fundamentalmente porque renunciar significaría perder ni se sabe cuántos millones de euros. Y eso sí que no. Si Europa quiere trenes, tendrá trenes. Y, suponemos, que si ofreciera partidas para construir desiertos, lanzaderas espaciales, centrales nucleares, selvas amazónicas o canales de Suez, pues también nos apuntaríamos ipso facto, así haya que sumergir las Islas o volverlas del revés, que no está la cosa para despreciar remanentes. La pela es la pela, que diría Maragall, y luego ya se verá el proyecto, tampoco vamos a andarnos con porquerías.

Esa es la principal argumentación que esgrimen nuestras autoridades. La otra, la que de cuando en cuando expresan con la boca chica, es decir la de la necesidad de un medio de transporte alternativo para cubrir las distancias Norte-Sur en Tenerife y Gran Canaria es, paradójicamente, la fundamental. Y, desde luego, es ahí donde hay que centrar el debate.

Magdalena Alvarez, la nueva ministra de Fomento, ha puesto el dedo en la llaga, la china en el trazado, para mantener el contexto. Ella, como la inmensa mayoría del común de los mortales, flipa un poco con esto de trenes de alta velocidad en territorio tan reducido y fragmentado. De alta velocidad, velocidad alta o como quieran llamarlo. En Gran Canaria, por ejemplo, tendría sólo una parada, suponemos que para frenarlo un poco antes de que se salga de la isla. En Tenerife ni se sabe, pero seguro que serán por lo menos dos. Ahí radica precisamente una de las mayores contradicciones del invento, pues –dejando a un lado la coña de la pérdida de partidas– si de lo que se trata es de mejorar las comunicaciones insulares y el servicio a los usuarios de zonas perjudicadas, por qué una sola parada, o dos o tres. Por qué no en todos o en los más importantes núcleos de población por los que atravesaría.

Estoy abierto a la posibilidad de asumir el tren como solución alternativa al problema de las comunicaciones insulares. Ciertamente, las Islas no admiten ya mucho más alquitrán. Pero en todo caso, deberíamos estar hablando de un ferrocarril dimensionado a nuestras características físicas (a las del territorio), cuya puesta en marcha no suponga un atentado contra el medio ambiente, integrado en el paisaje, útil para la ciudadanía y no sólo para el turista y, a poder ser, de ritmo pausado, que permita el disfrute del viaje y de las vistas. Estoy completamente convencido de que Europa sabría valorar nuestras especificidades y adaptar la inversión a las mismas.

Claro, que para eso haría falta que algunos de nuestros políticos descendiesen de cuando en cuando del Olimpo en el que parecen habitar y se dieran una vueltita por la Tierra. A poder ser en ferrocarril de cercanías, relajaditos, con los ojos bien abiertos y fijos en el horizonte. Al compás del chacachá, como quien dice, del chacachá del tren.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
viernes 4 de junio de 2004

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