Allí en la ONU
Llevamos más de un año, que se dice pronto, sumidos en procesos electorales y eso, quieran que no, acaba afectando de modo terrible a la psique. El lenguaje político, ya de por sí dado a la ambigüedad, la demagogia o la burda engañifa, adquiere en las campañas tintes de patetismo y esperpento, digamos que a partes iguales, en torno al cincuenta –coma más coma menos pero procure no engordar– por ciento. No podemos culpar a las europeas (las elecciones) del sinsentido que parece haberse impuesto definitivamente en la confrontación entre partidos, pues las salidas de tono y las rabietas infantiles que presiden estos comicios no son más que la consecuencia de lo que se ha venido cociendo en las citas anteriores.

Hace tiempo que las formaciones políticas han renunciado a convivir con la realidad y a mantener una entente cordiale con la verdad, delegando su relación con el electorado, que viene a ser esa parte de la ciudadanía susceptible de emitir voto, en la visión subjetiva, cuando no directamente interesada, de los hechos. Es una perversión democrática que, desde luego no aventura nada bueno. Por de pronto, nos enfrentamos ya al escepticismo generalizado de la población, lo cual debería encender las alarmas en la conciencia de cualquier demócrata que se precie. Aún más si ese demócrata milita o ejerce cargos de responsabilidad en algún partido político. Al fin y al cabo, se supone a estas organizaciones el máximo interés por mantener viva la llama de la verdad, la pluralidad y el sistema democrático, y no dinamitarlos con acciones, verbos y omisiones tan mezquinas como temerarias. Eso es voto para hoy y hambre para mañana. Todo es del color del cristal con que se mira, cierto, pero algunos políticos parecen lucir espejos en lugar de lentes, láminas que sólo reflejan su visión y que les impide ver lo que ocurre un poco más allá de sus ilustres napias.

Así tenemos que el Partido Popular, que involucró a España de forma caprichosa y escasamente democrática en el conflicto bélico de Irak, exige del PSOE no se sabe bien qué justificación por la retirada de las tropas. Si parece poco el clamor de la ciudadanía, pues vamos apañados. Los socialistas, que tampoco en esto de las ótanes y de las guerras son unos hippies (remember De entrada no, Guerra del Golfo I o los Balcanes), han obrado en esta ocasión con la mayor de las justificaciones democráticas, es decir, con el sentimiento generalizado de la población a la que se deben tanto ellos como el PP. También es cierto que prácticamente era el único camino que les quedaba para intentar un vuelco electoral, pero en este caso concreto debo admitir que el medio casi me justifica plenamente el fin.
Ahora el PP arremete contra el apoyo español a la nueva resolución de la ONU, la 1.546, que establece el futuro inmediato del ex feudo de Sadam Hussein. Arremete contra el PSOE por secundarla, pero ellos mismos la apoyan, lo que viene a decir que ambos la ven acertada.

Pues bien, esta resolución dista bastante de lo mantenido por los conservadores y, desde luego, tiene mucho más que ver con la postura socialista. Entre los puntos más destacados podemos señalar dos que se me antojan fundamentales: uno, que la explotación del petróleo pasa a manos iraquíes; y dos, que, ahora sí, el Consejo de Seguridad autoriza la presencia de una fuerza multinacional. Nada que ver, pues, con el desafine de prima voce de Bush y el coro de las Azores, despreciando a la ONU y con la vista puesta en los pozos de oro negro. Es decir, con la postura del PP.

Probablemente el PSOE ande buscando a estas alturas la forma de reconciliarse con EEUU y nos sorprenda en breve con otra de sus acostumbradas marchas atrás. Pero en lo que a las tropas respecta, de salida ya se ha visto que sí. Y de sintonía internacional, parece que mucho más. Basta unas lentes ligeramente transparentes para caer en la cuenta.

Artículo publicado en El Mundo/La Gacetea de Canarias
jueves 10 de junio de 2004

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