Uno que fue a votar
Europa ha hablado. Bueno, la mayoría de ella ha optado por callar, que es otra forma de expresión y que, al menos en este caso, poco o nada tiene que ver con otorgar, sino más bien todo lo contrario. Cualquier demócrata en su sano juicio debería eludir en estos días el debate sobre quién ha ganado las elecciones y centrarse en el análisis y la autocrítica, es decir en qué tipo de Europa se construye y el porqué de ese rechazo generalizado, a través de ese impresionante mutis por el foro que ha sido la abstención, de casi el sesenta por ciento de la población.

Las excusas simplistas o interesadas ya no sirven ni confunde absolutamente a nadie. Decir que la deserción de las urnas se debe a la climatología, la playa, el fútbol o la acumulación en un año de tres citas electorales supone una reacción torpe ante un mensaje extremadamente grave. Quizás estos factores, especialmente el último, puedan haber tenido una parte de responsabilidad, mínima en cualquier caso, en Canarias y España, pero desde luego no bastan para explicar lo ocurrido ni son extrapolables al resto de los veinticuatro países miembros, donde la participación, lejos de elevarse ha llegado a ser realmente irrisoria.

El mensaje parece claro: ni este modelo de construcción europea es compartido por la mayoría de los ciudadanos de la UE ni los representantes políticos han sabido conectar con la ciudadanía, ni para transmitir la importancia de lo que está en juego ni para, lo que resulta aún más grave, servir de correa de transmisión de los auténticos intereses, problemas y reivindicaciones de sus votantes (y abstencionistas), es decir de los pueblos a los que aspiran a representar. Si a esto le añadimos la inquietante merma democrática que supone la endogamia de la clase política, encerrada en sus propios parámetros, pagada de sí misma y claramente ajena al sentir popular, el cóctel resulta explosivo. El espectáculo al que ha tenido que asistir el pueblo español en las dos últimas citas electorales se asemeja más a los cánones que rigen la salvaje rutina del Serengeti que a los que debe imperar en una sociedad madura y democrática.

Es este divorcio entre política y sociedad lo que resulta realmente alarmante. Y es hacia él al que debe encaminarse el esfuerzo y el análisis de los partidos antes de valorar éxitos o fracasos particulares, que se presentan pírricos en cualquiera de los casos. Como ya expresé en mi artículo previo a la votación, estamos asistiendo, en lo que actividad pública se refiere, a la cultura del voto para hoy y hambre para mañana, es decir a la dilapidación irresponsable del sistema de libertades y de la confianza del pueblo en las reglas, el sistema y las instituciones en aras de un reparto del poder que, a la vista de los resultados en la calle, resulta vacío de contenido y de legitimidad moral.

Una lección de la que deben tomar buena nota en primer lugar los dos partidos mayoritarios, PSOE y PP, así como el resto de las formaciones políticas y muy especialmente las de corte nacionalista, cuyo descalabro ha sido espectacular. En Canarias, Coalición Canaria ha perdido unos doscientos mil votos repartidos a partes casi iguales entre Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas, lo cual iguala por lo bajo los anteriores batacazos de ICAN.

Europa ha hablado, España ha hablado y Canarias casi más. El mensaje ha sido claro: construcción europea, puede; pero no de esta manera. Es un aviso a navegantes de ésos que ningún capitán inteligente debe soslayar. Del que debe sacar conclusiones y arbitrar medidas que ayuden a corregir el rumbo. La ruta que separa al sufragio del naufragio, sea éste local, autonómico, general, europeo o universal.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
martes 15 de junio de 2004

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