Paisaje de Maspalomas
La crisis turística a la que parecemos irremisiblemente abocados, y que algunos continúan empeñados en minimizar, comienza a conmover los cimientos del sector a escala nacional (no es, desde luego Canarias la única afectada por la recesión). Los empresarios, instituciones y demás estamentos implicados en esta actividad que ha supuesto uno de los mayores motores de la economía española en los últimos cincuenta años comienzan a rediseñar estrategias, pergeñar soluciones y corregir prácticas y conceptos. En definitiva, comienzan a reaccionar ante un oscuro panorama que sólo el imprudente se atreve a intentar clarear con mensajes caducos, frases grandilocuentes y brindis al sol que no sólo no sirven para tranquilizar al cliente, por lo general bastante bien informado y con intereses definidos, sino que posponen la reactivación de forma indefinida, con todo el riesgo que ello comporta.

Así, mientras en Canarias se sigue apostando por la llamada a la calma, la oda al teletubbie y la promoción exterior, en el resto del Estado se cargan las pilas y se establecen planes concretos para la recuperación. Es la “cirugía integral” de la industria turística que proponían los empresarios del sector el pasado lunes en la edición digital de El País. Una reivindicación que ha encontrado eco en Exceltur y su Proyecto de Reconversión Integral de Destinos Turístico (Pridet). Un marco de actuación basado en dos aspectos clave, la competitividad y la sostenibilidad, a través del cual se pretende adecuar la oferta a las nuevas demandas del mercado. Es el único camino posible para el sostenimiento de la importante cuota de éxito que el destino español ha cosechado en los últimos años y es, desde luego, la única opción que le queda a Canarias, quizás uno de los enclaves en el que menos previsor se ha sido y que más ha sufrido los efectos de la especulación y el pelotazo en su planeamiento (por llamarlo de algún modo) urbanístico y en su medio ambiente.

Entre los parámetros que marcan la filosofía del Pridet se encuentran algunos bastantes significativos y nada ajenos al debate que se está produciendo en las Islas: diversificación del producto, fomento de la calidad integral –entendida ésta como una apuesta por la movilidad y el transporte público, por la calidad medioambiental y por la rehabilitación y revalorización del patrimonio cultural– y la modernización de empresas y servicios. Es decir una racionalización de la actividad, una humanización de sus planteamientos y objetivos, y una modernización estructural de las empresas y de las administraciones.

Se trata, desde luego, de un planteamiento sensato y coherente, un auténtico manifiesto estratégico del que deberían tomar buena nota nuestras consejerías, patronatos y empresas. Porque, si bien la promoción exterior es necesaria, en esta coyuntura no es ni la única ni la mejor solución para lo que se nos viene encima. Es un esfuerzo carente de sentido en la medida que falla lo fundamental: el producto. Y ya nadie está por comprar humo o cemento, y menos para pasar sus vacaciones.

Innovaciones concretas y audaces como la del museo Guggenheim, encuadrado en una visión global del desarrollo urbanístico de Bilbao, han aportado al País Vasco mayores beneficios económicos y prestigio que cien filas de apartamentos sobre la playa. Aquí, mientras tanto, preferimos preocuparnos de si construimos hoteles de cinco, cuatro o tres estrellas; de si renovamos los cuasi derruidos apartamentos del Sur o de qué arquitecto va a remodelar el istmo. ¿Para qué o para quién?, ¿dentro de qué planeamiento?, ¿a qué tipo de turista nos dirigimos? ¿Camas, camas y más camas? ¿Otra vez? Ya no hay gente para tanto catre, tanta ceguera y tanta desidia.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
miércoles 16 de junio de 2004

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