Mas, Quitana, Jáuregui y Herrero
Hablar es sano, sobre todo si no se hace solo, que dicen que es fatal. Compartir opiniones, contrastar criterios, matizar o variar consideraciones, en definitiva charlar, discutir o debatir son expresiones de una buena salud mental manifiesta. Sostienen los expertos de la psique que los extremos que se distancian de tal verdad conducen indefectiblemente a la locura. El ser privado de la comunicación, aislado en el gesto, la visión o la palabra empequeñece y se diluye en el paraje, como un elemento extraño de la naturaleza. Se vuelve casi animal, pero animal enfermo, atormentado por la contradicción entre consciencia e impotencia. Herido, perdido, desarmado. De igual forma, aquel que se arroga la exclusividad de pensamiento, quien en contacto con sus semejantes los ignora o los somete a sus consideraciones pervirtiendo o minando la esencia misma de la comunicación, ése también sufre de enajenación, de una demencia totalitaria que da lugar a la intolerancia, el fundamentalismo, la represión y la dictadura. El náufrago perdido en una isla desierta y el sátrapa que aborrece las diferencias se identifican en lo fundamental: ambos han sido desposeídos de su naturaleza humana.

Es precisamente en la consideración de ese amplio término medio que caracteriza al ser, el diálogo (el hecho comunicativo en toda su extensión), donde radica el máximo valor de la democracia, el que le da vida y al que se debe, más allá de los intereses concretos de los individuos y grupos que la conforman. Por eso, todas aquellas actitudes, iniciativas y resoluciones que faciliten y fortalezcan el intercambio de ideas, la interconexión intelectual, deben ser bienvenidas, al igual que deben ser denunciadas y repudiadas las que apunten hacia la obcecación, el fanatismo o lo que se ha venido en llamar el pensamiento único, propio de sistemas totalitarios.

En este sentido, hay que aplaudir los múltiples círculos de debate que se han puesto en marcha en el Archipiélago, desde sectores profesionales y colectivos ciudadanos, en torno a algunos de los principales problemas que afectan a las Islas, recuperando así una actividad que marcó los primeros años de democracia y que dotó a la Transición del vigor y el empuje que la caracterizaron (desde luego, no nos referimos aquí al circo de los embates electorales televisados, que ése es ya otro cantar). En este marco, hay que destacar el ciclo de conferencias que hoy inaugura el Foro Bentayga liderado por el ex presidente Román Rodríguez, un enclave de diálogo sobre las distintas visiones del Estado que cuenta con la participación de personalidades como Artur Mas, Anxo Quintana, Ramón Jáuregui y Miguel Herrero de Miñón. Rodríguez, sabedor de lo que se juega en esta legislatura, ha optado por traerse a Canarias el debate que prima ahora mismo en el ámbito nacional, antes que alejarse de su tierra para perderse por los sinuosos escaños de la carrera de San Jerónimo. Es una jugada inteligente que queda en el ámbito de la estrategia política y partidaria, pero que no resta un ápice de interés y acierto al proyecto.

Más inquietante resulta la actitud del PP en general, y de José Manuel Soria en particular, de rechazar cualquier controversia. Lo último, la incineradora de Juan Grande, enfrentándose incluso a Marco Aurelio Pérez, alcalde popular de San Bartolomé de Tirajana y partidario de un debate al respecto, con tal de mantener prietas las filas y diáfano el rumbo. Inquieta porque ya resultan demasiadas negativas al diálogo: frente marítimo, tren, salud mental… como para hablar de coincidencias. Soria debería recordar que gobierna una isla, pero no una isla desierta. Es éste un descuido que, de acentuarse, podría resultarle fatal.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
jueves 17 de junio de 2004

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