Raúl, tirando del carro
Fenómenos, somos unos fenómenos. Iñaki Sáez es un fenómeno. Villar es un fenómeno, Raúl es un fenómeno, el niño Torres es un fenómeno, los periodistas somos unos fenómenos y la afición es fenomenal. Somos así, por naturaleza, por historia, por entidad, por calidad y porque nos da la real gana. ¿Que nuestra selección lleva cuarenta años sin comerse un rosco en competición oficial? Da igual. ¿Que nuestros jugadores son incapaces de hacerle un gol al arco iris o de contrarrestar el terrible poderío de una potencia mundial como, por ejemplo, Grecia? Ya ves. ¿Que nuestros seleccionadores confunden cabezonería con táctica y estrategia, o buen juego con patadón y tentetieso? Y qué. Somos lo mejores y sobre eso no hay realidad, derrota, hecatombe o ridículo que prevalezca. Somos la furia roja, así, con un par lailolailo. Es decir, según recoge el Diccionario de la Academia, la demencia y la ira en grado sumo; pero en grana, que canta más.

Miren ustedes que era difícil, pero España ha logrado superar con creces sus participaciones anteriores. Ya no llegamos ni a cuartos de final. Bien lo decía Sáez antes de comenzar la competición: este equipo está llamado a hacer historia. Y tanto. Medio mundo dedica hoy sus portadas a la nueva gesta española: verse apeada de la Eurocopa en la primera fase por su manifiesta incapacidad para esto del fútbol. En esta ocasión no podemos echarle la culpa al árbitro, a la presión de la afición rival ni a la mala suerte: el colegiado estuvo genial, las gradas eran casi un cincuenta por ciento nuestras y Rusia le ganó a Grecia. Pero se ha mejorado en algo: ahora los jugadores se abrazan y miran al cielo para escuchar el himno, lo cual ya se ha visto que cohíbe y mucho al equipo rival.

No merece la pena ahora entrar en detalles ni buscar errores o culpables. España ha dicho adiós a las primeras de cambio porque fuera de nuestras fronteras no se entiende que eso de ser un fenómeno es algo que hay que respetar. La envidia, que los corroe. Hala, ahí va ese fenómeno, ni se te ocurra encajar un gol. Mira, el portero aquel es un fenómeno, a ver si le haces un siete. Estoy que no quepo en mí, hoy le he hecho tres caños seguidos al fenómeno de defensa que me quería tapar. A los hechos me remito. Porque fenómeno se nace y no se hace. Por ejemplo, si tu cuna está en Madrid o en Barcelona ya eres fenómeno a priori, sólo basta que te fiche el Atlético, el Barça o el Real y te dé por meter un gol. Entonces todo serán loas y alabanzas, tu cuenta corriente se disparará, serás seleccionado ipso ipso y jugarás fijo en el once titular salvo que te dé la malaria. Llegado ese caso, nos lo pensaremos.

Ahora, si procedes de… no sé, Canarias, Galicia, Extremadura… entonces llegar a fenómeno te va a acostar sangre, sudor y lágrimas. Así y todo, si te da por triunfar, pasarás a integrar la plantilla B de la categoría: es decir, la de fenómeno eternamente cuestionado.

Es el caso de Juan Carlos Valerón, el jugador que dio la única victoria a España en la Eurocopa y que impuso algo de criterio en el juego de nuestro combinado en los apenas sesenta minutos que disputó. El de Arguineguín confirmó punto por punto las expectativas que habíamos plasmado en nuestro artículo previo al inicio de la competición europea. Pero, claro, al hablar entonces de la hora de Valerón, no sabíamos que Sáez se lo iba a tomar tan al pie de la letra y reducir su participación a dos medias horas. Ni siquiera contra Portugal, equipo que derrochó talento y arte, el vasco supo aplicar el antídoto que el veneno luso precisaba. Y es que a fenómenos, elitistas, cabezones y altaneros nadie nos gana: pues que se habrá creído el tal Valerón.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
martes 22 de junio de 2004

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