Pepa, de Fallera Mayor
Vamos a ver. A mí que me lo expliquen, que me lo piquen menudo, como decimos por estos lares. ¿A qué viene lo de la paella en El Confital, teniendo el sancocho, el potaje de berros, la ropavieja o el caldito de pescado tan a mano? Por más que lo quiero entender, no logro explicarme el desaire de la alcaldesa hacia nuestro acervo gastronómico y costumbres más o menos ancestrales. ¿Es mejor el arroz que la batata? ¿Tiene más pedigrí una gambilla que un buen cherne resalado? ¿Inspira más el limón que una pella de gofio? ¿Es más confitalera la fritura de la huerta que la papa del país? ¿Qué se esconde detrás de esta mezquina operación de nuestra aspirante a supernena? ¿Constituyó la fiesta del pasado sábado una alegoría, una representación onírica de las verdaderas intenciones municipales sobre el futuro del paraje?

Puesto al habla con Lakomi Dakanta, prestigioso arquitecto hindú reconvertido en visionario del estómago tras su marginación de varios concursos urbanísticos, unos más abiertos y otros más cerrados, todo hay que decirlo, éste nos desvela dos aspectos fundamentales del enigma: a) optar por un platillo foráneo implica un golpe bajo a las tesis nacionalistas representadas en el guateque por Nardy de los Barrios; y b) supone una pista al alcance sólo de los iniciados (lectores y detractores de El Código Da Vinci, por un poner) de que el destino de esta zona costera volverá a estar, como en el caso del istmo, en manos extranjeras, bien del Levante, del Mediterráneo todo él, del Caribe o Miami, e incluso de la Indochina misma, pues –advierte–, bien en formato frijol, caldoso, a la cubana, integral, frito o tres delicias, tal es la extensión de la movida arrocera.

Sin embargo, sería Lakomi Dallena, hermano de Dakanta por parte de baja, famoso escultor de la alta Sajonia y, no obstante, masón hereditario en tratamiento de choque, quien nos hiciera partícipe de una revelación trascendental. Tras analizar el diámetro del grano empleado en el convite, la ausencia de carne en la paella, el color de las latas de cerveza, el volumen de basura generado, la cantidad más bien escasa de comensales, la presencia de excavadoras en zona tan protegida, el grito en el cielo de los ecologistas y la fugaz aparición de Arcadio Díaz Tejera; todo esto en conjunción con las declaraciones pre y posbacanal de la alcaldesa, el ritmo de la marea y la situación de Venus en relación al sol a eso de las catorce treinta… el hombre estaba fundido, la verdad. Cuarenta y ocho horas después, nos visitaba como poseído (pos eso):_había dado con la piedra filosofal y, como consecuencia del choque, traía vendada la cabeza. Pese a ello, logró dibujarnos una hipótesis inquietante: El Confital no es nuestro, acertó a balbucear, El Confital no será para ti ni para mí ni para la ciudad ni para el municipio… ¿No?, pregunté desconcertado. ¿No lo coges?, respondiome taimado. ¡No!, espeté acongojado. Pues está claro: El Confital es… (en esos momentos comenzó a guiñarme el ojo compulsivamente y a mover los dedos como quien abre una cerradura, pero sin llave)… El Confital es ¡pa ella!

Ni que decir tiene que lo despedí de inmediato, no sin antes recomendarle que dejara las pastillas, que son muy malas si se toman por docenas. Pero algo de inquietud sí quedó en el aire. ¿Sería capaz Pepa? Me pareció oír una risa en la lejanía, pero fue un lamento de Dallena, que había ido a dar con otra piedra, algo menos filosofal pero igualmente sólida y puñetera.

NOTA: También pensé en recabar la opinión de Mario Hernández Bueno, como especialista primero del condumio que es. Pero supuse que no le apetecería que lo importunaran con este tipo de majaderías.

Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
miércoles 23 de junio de 2004

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