El dedo y el ratón

Microsoft ha puesto en el mercado un nuevo ratón. No se trata de un ratón cualquiera, sino de un ratón digital en el más estricto sentido de la palabra. El artilugio lee las huellas dactilares de quien lo maneja y envía esa información debidamente codificada a las páginas que requieran identificación. En teoría, los muchachos de Bill Gates, que siguen la senda iniciada ya por compañías como Sony o Targus, proponen un sistema que hará más cómoda la navegación y consulta en la Red eliminando la siempre molesta introducción de nicks, usuarios y contraseñas, supuestamente colaborando en cierto sentido también a la protección de los datos del internauta.

Sin embargo, no hace falta ser demasiado avispado para darse cuenta de que nos encontramos ante un peligro potencial para nuestra privacidad. Es decir, que este tipo de herramienta puede ser utilizada por terceros con escasos escrúpulos para controlar directamente toda la información personal del navegante. Igualmente gobiernos y organizaciones más o menos paralelas podrían acceder perfectamente a tu ficha, acelerando las campañas de control, censura y represalias que tan aceleradamente comienzan a prosperar en buena parte de los países del planeta. No en vano, el principal rasgo legal de identidad de un individuo es su huella dactilar, aunque parece que España tampoco en esto (puede que hasta afortunadamente) ha hecho demasiado bien los deberes.

El debate entre progreso y dignidad, o mejor dicho, entre el progreso y el uso que podamos hacer de él se apresta a un nuevo y apasionado capítulo. En estos tiempos de leyes y tendencias que parecen favorecer sólo a los intereses de las grandes compañías y lobbys, ¿quién puede asegurarnos que no estamos ante una potencial arma letal contra los derechos del usuario?

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