Convengamos por un momento que Christopher Reeve se transformó en algún momento de su vida en su propio personaje. No es algo difícil en un mundo de fantasía y menos aún si encarnas el mismo papel más veces de lo deseado. Admitamos también que esa transmutación fue acogida por el público con la misma naturalidad con que se acoge la metamorfosis de la oruga. Digamos entonces que Chistopher sustituyó a Clark Kent en la imaginación de todos los devotos del cine y el cómic. En lugar de cabina de teléfonos, el actor asumía su condición de superhéroe en platós y camerinos. Todo hasta el día en que le faltó esa pizca de kriptonita que nos mantiene a todos, humanos y personajes, héroes y villanos, actores y espectadores con vida. Kriptonita o suerte, llámenlo como quieran.

Christopher Reeve ha muerto. Su batalla contra la parálisis fue quizá el reto más grande que jamás tuvo que asumir superhombre alguno. Con él se ha ido la imagen, el rostro y la sonrisa, del Superman de carne y hueso. Al contrario que Sampedro, Reeve apostó directamente por la permanencia y la superación. Paradójicamente, lo que a uno se le negaba al otro le vino impuesto. No hay guión que soporte trama tan compleja y descabellada. Pero así son el cine, la realidad, el mundo de los superheroes, la silente epopeya del desempleado y el ciclo de vida de la mariposa. Estrenar alas, encandilar y procrear para entregarse a la muerte y así nacer nuevamente. Con otro rostro, otro cuerpo, otro color, otra identidad… otra materia. Superman-mariposa-Reeve ha muerto. ¡Viva Superman!

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