Grupo Interuniversitario de opinión (*)

Desde que el reino alauita obtuvo, en 1956, la independencia de Francia y de España (como consecuencia de la decisión francesa), Marruecos nunca ha tenido interés alguno en ganar la apuesta de la modernidad y ello es así, en primer lugar, porque a Francia siempre le ha interesado controlar, en la medida de sus ambiciones (que son muchas y no siempre confesables), la situación en el Norte de África: uno se aprovecha siempre mejor de las debilidades de los demás que de su sensatez. Es como si, a principios del siglo XXI, siguiese vigente la anacrónica teoría del reparto colonial y como si Europa no acabase de renunciar a sus viejos demonios imperialistas. En 2012 se cumplirá, precisamente, el primer centenario del reparto de Marruecos entre ambas potencias europeas, es decir, Francia y España, y decimos potencias por llamarlas de alguna manera y porque, al fin y al cabo, es un término común en el contexto de la diplomacia, pero la impresión que tenemos es que, a lo largo de un siglo, en Marruecos no ha cambiado nada o casi nada.

En 1912 España había protagonizado hacía poco más de cuarenta años, una aventura boba en el Marruecos de 1860 y otra, más boba todavía, en el Méjico de 1861 que acabó, desde luego, peor que el rosario de la aurora, precisamente con la complicidad del “filibusterismo francés” como le espetó Benito Juárez al “emperador” Maximiliano, en respuesta a la carta que éste le había enviado, desde la fragata “Novara”, en ruta hacia el país azteca con ánimo de tomar posesión de una república que no le pertenecía.
En 1912, decimos, España recibió de Francia lo peor de Marruecos, los territorios más pobres y, desde luego, los más aguerridos que costarían, en décadas sucesivas, la definitiva decadencia general del país tras la crisis del 98, el advenimiento de la dictadura de Primo de Rivera y, después del paréntesis republicano -pletórico de errores, por cierto, en su política exterior, especialmente en su política africanista-, la larga dictadura de Franco, y, sobre todo, una de las mayores sangrías, en vidas humanas, de toda la historia española desde los tiempos de la conquista romana. No sólo esto, sino que en 1912 España también recibió de Francia el encargo “no escrito” de someter al sultán, un territorio que nunca fue marroquí, Tarfaya (el “Protectorado Sur” de Marruecos) y de derramar la sangre de sus jóvenes para entregar al sultán un territorio que tampoco nunca quiso someterse al mismo, el Rif o “Protectorado Norte” de Marruecos. Léanse las emotivas páginas que el joven teniente de Artillería y, más tarde, destacado dirigente del ejército republicano y miembro del partido comunista, Antonio Cordón, dedica a narrar matanzas horrorosas como la de Monte Arruit y se verá con bastante claridad de lo que estamos hablando. Sería bueno que lo leyeran, sobre todo, algunos de nuestros políticos, en lugar de perder el tiempo con tanto libro basura (contándonos sus estúpidas vidas, por ejemplo) y ver (y consentir que se vea en horario abierto, a pesar de rasgarse las vestiduras en algunos medios) tanta televisión ídem.

La máxima autoridad marroquí y su majtzem lo que sí han sabido hacer es garantizar su estatuto privilegiado, blindar su permanencia en el poder plegándose y adaptándose a las circunstancias exteriores, pero Marruecos, ayer como hoy, es un estado feudal, y sus gobernantes, que podrían trabajar de equilibristas en cualquier circo, saben que si alteran alguna pieza esencial de la estructura del poder pueden sobrevenir cambios imprevisibles e indeseables (para ellos, claro): el sistema se quebraría, por eso no pueden consentir la celebración de un referéndum democrático en el Sahara Occidental, puesto que son prisioneros de su propia historia (y de la teoría del caos). Lo único que han podido venderle a
las masas desesperadas son sueños y jirones de nubes en el mar del desierto, pero, en estos tiempos que corren, con ese tipo de promesas no se puede llegar muy lejos. El Sahara Occidental constituye, en efecto, la cuadratura del círculo para Rabat: no puede, ni quiere, hablar de celebrar un referéndum como Dios
manda, puesto que, en sí mismo, el hecho de llevarlo a cabo sería un signo de debilidad que elevaría el listón de las demandas socio-políticas en el país y, si se perdiera, que es lo natural y lo saben, el desastre sería poco menos que insoportable. En ese caso no bastaría con un cambio de gobierno. Si Marruecos
renuncia al Sahara Occidental, la camarilla que gobierna feudalmente el país, empezando por su máximo representante, tendría que renunciar también a muchos de sus privilegios, quizás a la mayor parte, por eso le tienen miedo a la libertad.

Mientras tanto, la posición del gobierno español roza el esperpento (algo muy propio, por otra parte del ser nacional o multinacional del que, mal que bien, seguimos formando parte), se ha perdido la ilusión por el consenso interior y, mientras nuestro máximo representante político habla en Naciones Unidas del pacto entre civilizaciones, verdadera huida hacia delante de alguien que, realmente, no tiene nada sólido que ofrecer y está a la expectativa de lo que diga Francia (Alemania es el motor económico de Europa, mientras que Francia dicta la política exterior de la Unión Europea), en el propio suelo el pacto democrático que permitió el nacimiento y la consolidación de la democracia tras la muerte de Franco, se desliza por la pendiente del desencuentro institucional.
Pero estos lodos también son el resultado de aquellos polvos, es decir, de la soberbia de Aznar, que quiso erigirse en una especie de líder internacional a la sombra de Estados Unidos, y no supo calcular, junto a sus asesores en política exterior, las consecuencias de un cambio de rumbo tan brutal en la actitud tradicional de España con respecto a los países árabes.

Estamos pagando también las secuelas de su actuación: España siempre se había llevado bien con el mundo árabe y, por diversas circunstancias, incluso culturales, era respetada por la mayor parte de los gobiernos islámicos (por cierto, ninguno o casi ninguno mínimamente democrático), ahora somos algo así
como el pito del sereno. También es verdad que los países del Magreb están pagando las consecuencias de inestabilidad económica y política. Es justo recordar de igual forma que cuando Marruecos en 1975 lanza la Marcha Verde, los países árabes de la “tradicional amistad” con España hicieron “mutis por el forro” (y, de paso, también se olvidaron de los saharauis) y se pusieron del lado de Marruecos.

Ahora, hemos pasado de compartir mesa y mantel con Bush (a pesar de los puntapiés que nos daba por debajo de la mesa) a obedecer, sumisos, las instrucciones de Francia, que nos ordena triangular nuestra política exterior con ella y con Marruecos (para defendernos todos juntos, dice, de los peligros del terrorismo islamista, ¡tremenda hipocresía!). Hemos caído en la trampa y, por ello, la única salida es no ceder en la cuestión del Sahara porque, si consentimos en este tema, ya no podremos decir nunca que no a nada de lo que nos ordenen los franceses e históricamente eso sería un error de consecuencias también imprevisibles. Por eso en Moncloa no dejan de rezar todos los días, a pesar de su agnosticismo militante, para que Kerry gane las elecciones. Hacen bien.

Canarias 14 de Octubre de 2004

(*) Grupo Interuniversitario de Opinión.

Manuel de Paz Sánchez (ULL)
Carlos Ruiz de Miguel (USC)
Sergio Ramirez Galindo (ULPGC)
Ricardo Aguasca Colomo (ULPGC)

Share