Una campaña soez, falaz, demagógica e insultante como pocas. ¿Un batería arruinado y en calzoncillos por las descargas de música en Internet? Lamentable, vergonzoso, burdo e inexacto. Desde luego que sí hay responsables del estado miserable en que se encuentra la cultura y sus actores en el planeta, pero culpar de ello a la ciudadanía resulta, cuanto mínimo, un ejercicio de hipocresía intolerable. ¿Profundizamos un poco más? ¿Le echamos una mano a ese pobre batería?

¿Cuándo devolverán las discográficas las plusvalías obtenidas por la explotación de músicos y autores? ¿Cuándo compensarán a tanto artista marginado, frustrado, perseguido e ignorado por no plegarse a las leoninas e injustas leyes del mercado, a los intereses y caprichos de la elite musical? ¿Cuándo comenzarán ellos, ésos que ahora se rasgan las vestiduras y claman por castigos apocalípticos para el usuario, a pagar por tanto talento destrozado? ¿Cómo se atreven a usar la imagen de un trabajador para amenazar al débil y defender su lucro desmedido? ¿Por qué no utilizan la de algunos de sus ejecutivos en sauna y orgía prostibular, la de sus presidentes ahítos de cava y piscina, o la de sus comerciales ciegos por la ambición y la codicia?

¿Por qué no dicen las compañías cuánto de lo que cuesta un CD se llevan ellos y cuánto ese pobre batería? Es decir, cuánto pierden ellos y cuánto el músico a través de las descargas de Internet. Es un reto, a ver si dan la nota.

Malos, en realidad, muy malos tiempos para la lírica.

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