Carné de prensa

Andan los poderes fácticos, mayormente políticos dicho sea de paso, obsesionados con el periodismo en particular y con cualquier plataforma de comunicación en general. Destacados representantes de la generación Espinete, ésa que rige ahora o aspira a regir a corto o medio plazo los destinos de nuestra joven democracia, parecen haber descubierto de la noche a la mañana la importancia de la cosa mediática y lo mucho y bueno que tiene para quien aspira a eternizarse en el poder el control directo de la información y la opinión. Imbuidos de no se sabe muy bien qué túnica de sabio o luz divina están dispuestos a regularlo todo, de atarlo todo bien atado, en un tic coercitivo que nos recuerda épocas pretéritas y que creíamos ya ampliamente superado.

El invento viene a llamarse algo así como Estatuto del Periodista (PDF) y ha sido promovido por ese garante de las libertades y del comunismo de salón, versión Leoncio el león y Tristón, que es Gaspar Llamazares. El Gobierno lo ha acogido de inmediato, aunque con ciertas reticencias, porque si bien con el comunismo no y con el socialismo tampoco, con las libertades sí que le gusta tratarse de cuando en cuando. Con las suyas, claro, que no con las de los demás. Es lo que tiene la militancia. Especialmente si esos demás son críticos, autónomos, independientes, objetivos, escasamente pesebreros o librepensantes. Los periodistas españoles deberán contar con pedigrí a partir de ahora. El poder se transforma en portero de night club a la hora de conceder licencias: tú sí, tú no. El repertorio de excusas, ya se sabe, puede ser infinito: calcetines blancos, pelo largo, no cabe un alma, me caes fatal, hablas demasiado…

¿Pero, en realidad, hace falta el estatuto de marras? ¿Por qué o para qué? Si nos atenemos a su declaración de principios: reforzar la profesionalidad de los informadores y garantizar su independencia frente a los poderes públicos y económicos, pues resulta hasta bonito. Pero en cuanto se nos cuela en el texto la creación de un Consejo Estatal de la Información encargado de expedir los carnés, pues ya nos vamos haciendo a la idea de que, de independencia, poco o casi nada. Estatal significa de Estado, y los estados los dirigen los gobiernos. Así que frente a los poderes públicos, nanay. ¿Y frente a los económicos? Pues no hay una sola línea en todo el texto que garantice tal. Porque, al final, son los poderes económicos los que sostienen a los gobiernos y tampoco es cuestión de garantizar por garantizar, así a tontas y a locas, que luego vienen las campañas y no tiene uno ni para pasquines. ¿Entonces a qué tanto control, tanto paripé y tanto arribas parias de la tierra? ¿Por qué no un Estatuto del Empresario Periodístico? ¿O, ya puestos, un Estatuto del Parlamentario o del Senador? ¿Qué nos ocultan estos muchachos? ¿A qué estamos jugando?

Licencia para informar. Licencia para opinar. El redactor 007. Resulta curioso, porque éste es un paso que ni siquiera se atrevió a dar el Gobierno anterior, tan altanero y tan conservador él , y que ni siquiera ha dado el tal Bush en su polémica ley antiterrorista conocida como Patriot Act. Con izquierdas como éstas no hacen falta derechas, como si dijéramos. Así que estamos a las puertas de una reedición de aquello de Cánovas y Sagasta, de golpes de alternancia y cesantías que van más allá del ámbito político. Tendrás carné durante cuatro años si simpatizas con tal y estarás en la clandestinidad los cuatro que gobierne cual. Si ni tal ni cual, entonces mejor lo dejas. O te dedicas a bloggear.

¿A bloggear? Uy, lo que he dicho. Échenle un vistazo a lo que nos cuenta Daniel Rodríguez en Libertad Digital, mientras yo me dedico a cazar moscas ahora que tengo los pelos de punta:

“Uno de los fragmentos más sorprendentes de la ley es la que obliga a que todo medio de comunicación tenga un director que sea un periodista con carnet, es decir, un periodista aceptado por el poder. Y dentro de la definición, algo vaga, de medio se incluyen “páginas o sitios” de carácter periodístico. Aquí se fragua en ley los intentos de control a lo Berlín; las bitácoras deberán ser realizadas, si nos atenemos a la letra del estatuto, por periodistas aprobados por el poder. Dirán algunos que los blogs, por muy político que sea su carácter, no son periodismo pero, entonces, ¿cómo es que en los congresos de periodismo digital se hacen mesas redondas dedicadas exclusivamente al fenómeno?”

¿Licencia también para postear? Si la ley se lleva a sus extremos, ¿estaremos condenados a ser bloggers con carné, siempre y cuando, claro está, el Consejo esté de buenas?

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