No nos lo merecemos. Ni el máximo mandatario del país cuando los atentandos del 11-M ni el que lo viene siendo desde apenas tres días después han sabido, podido o querido arrojar luz alguna sobre las causas y tramas que hicieron posible uno de los acontecimientos más dramáticos de nuestra historia. Centrados más en el cuerpo a cuerpo no político, sino partidista, en el rédito mediático y electoral, en el tuya mía, en ver quién la tiene más grande (la desvergüenza), han liquidado en un par de sesiones lapidarias sendas oportunidades de rehabilitarse, de rehabilitarnos a todos en la verdad, el rigor y la dignidad.

No es esto lo que se espera de una democracia. No es esto lo que se le exige a un ex o no ex presidente. Unos y otros, coreados por sus respectivas hinchadas, ensalzados o vilipendiados por sus respectivos escribas, han optado por convertir el fin (el esclarecimiento de los hechos) en medio (de su pugna particular), el medio en circo, y el circo en un remedo de comparecencias que, visto lo visto, bien se podrían haber ahorrado.

La verdad no es absoluta, cierto (o ciertamente cierto), pero tampoco es un juguete en manos de gabinetes de comunicación, asesores de imagen, editores de lo políticamente correcto, simuladores del odio, tahúres de ajedrez trucado y autistas del compromiso social. La verdad puede estar en los desiertos o en Lavapiés. En los dos lugares o en ninguno de ellos. Pero a este paso, se me antoja más probable que la verdad no acabe siendo más que un mensaje perdido en el móvil, una mochila oculta en una furgoneta, un suicida que se desvanece, unos documentos destruidos o lo que cada uno de ellos quiera finalmente que sea, y que no pasa más porque Dios, Alá, Marx y Adam Smith son, todos juntos o cada uno por separado, según gusto y criterio, grandes en verdad, intangiblemente grandes.

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