Maragall dice que se siente “como una mujer maltratada” a cuenta del lío que se ha montado en Cataluña como reacción a su velada acusación de corrupción contra CiU. Bueno, para ser exactos, no dice que se sienta él de forma particular, sino todo el Tripartito en su conjunto. Y digo yo que qué sabra Maragall de cómo siente una mujer, y especialmente de cómo sienten ésas que pertenecen al, por desgracia, cada vez más numeroso grupo de las maltratadas.

Y digo yo que cuánto nivel de frivolidad puede alcanzar un político, la política profesional en su conjunto para volver a ser exactos, cuando se intenta comparar una trama de móviles inconfesables con el drama cotidiano de la brutalidad entre sexos. Es decir cuando se intenta aprovechar una tragedia social para mostrarse como el débil e indefenso que no se es, para arrogarse una imagen de eficaz gestor de lo público que tampoco ostenta.

En otras palabras, cuando se utiliza de manera tan torticera una calamidad, la de la violencia, con el único objetivo de obviar la responsabilidad en calamidad tan grave como la de el Carmel. Cuando se intenta enfrentar tragedia con tragedia en un ejercicio de cinismo que sólo busca el beneficio personal o político.

Las mujeres no sé si dirán algo al respecto. Yo, como ciudadano, sí que me siento maltratado con este tipo de declaraciones.

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