Entre dos aguas

Tras los últimos y sonados varapalos judicales (sonados, fundamentalmente, por lo injusto y desproporcionado de las condenas) a la descarga de contenidos en Internet, dentro de la cruzada emprendida por multinacionales y adláteres, parece que por fin el Estado de derecho comienza a dar síntomas de recuperación, aplicando la sensatez, el sentido común y, especialmente, los fundamentos legales que velan por la protección de los usuarios frente a los abusos de las corporaciones.

Es el caso de un tribunal francés que acaba de dejar en paños menores nada menos que a 17 monstruos de la industria cinematográfica, confirmando el derecho de un internauta a la descarga y copia de películas para uso privado.

Entre los demandantes se encuentran nombres tan sobresalientes como los Columbia Pictures Industries, Disney Enterprise, Dreamworks, Gaumont Columbia, MGM Entertainment, Paramount y Warner Bros. Al otro lado, en el banquillo, un humilde estudiante de informática acusado de disponer de 488 películas, unas copiadas de DVD y otras bajadas de la Red.

La sentencia es clara y contundente:

“Una vez que una obra ha sido difundida, el autor no puede prohibir las copias o reproducciones estrictamente reservadas al uso privado del copista y no destinadas a un uso colectivo”.

Frase para la historia del abogado defensor, tras señalar que, al comprar un ordenador o incluso un CDRom, el usuario ya paga una tasa para poder hacer una copia privada:

“Los internautas no son pues piratas, sino meros usuarios-consumidores”.

Los argumentos de la acusación fueron, para qué vamos a engañarnos, un tanto ridículos:

“La descarga no es forzosamente ilegal. Lo ilegal es descargar de fuentes ilícitas. Y la primera copia de películas que aparece en los sitios de descarga es forzosamente ilegal”.

Ahora sólo falta que gobiernos, empresas y sociedades gestoras de derechos tomen buena nota de la lección y se avengan de una vez por todas a reconocer (y mira que ya ha llovido desde aquello de Bob Dylan) que los tiempos están cambiando. Y las reglas del juego, también.

Vía Kriptópolis.

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