Yo soy la Ley

O mucho me equivoco, o autores, gestores, productoras y Gobierno lo tienen crudo con el asunto de las descargas si no consiguen adherir a su causa a las grandes multinacionales y no tan multinacionales de la tecnología. Podrán emitir bandos, promulgar leyes, concienciar cuanto les parezca, patalear, hacer huelgas y hasta calificar al mundo entero de pirata, pero si no logran poner de su lado el mercado, el gran mercado, la llevan clara. El capital es lo que tiene, que vale tanto para reducir las casas a 25 metros o renegar de la semana laboral de 35 horas, como para promover (that’s the paradoja) la socialización de un bien tan común y de interés tan general como es la propiedad intelectual.

Tan rematadamente mal lo estarán haciendo, que aquello que intentan combatir no sólo no sucumbe ante sus argumentos y amenazas, sino que florece con tal intensidad que diríase que el mensaje inquisidor se torna abono del enemigo, logrando multiplicar hasta lo inimaginable lo que en principio parecía controlado. Lo tienen crudo. Mucho. El mercado se rige por una ley inmutable, y ésa no es precisamente la antipiratería, sino la del beneficio. Y allí donde haya una oportunidad de negocio, estará el mercado, póngase Teddy como se ponga y la Carmen Calvo también.

Así, en plena convulsión por las iniciativas de Cultura respecto a los derechos de autor, nos topamos con datos que vienen a cuestionar, desde la misma y tozuda realidad, el enfoque y el sustento de tanta medida errática:

“Las descargas de películas desde Internet, tanto legales como ilegales, se han multiplicado por ocho en dos años hasta alcanzar los 5 millones de ficheros al día en todo el mundo, según datos de la consultora IDC facilitados por Intel durante la presentación de un nuevo ordenador. Asimismo, la descarga de archivos musicales ha pasado desde las 174.000 diarias de 2003 a cerca de 87 millones al día este año”. (Madridpress)

Como habrán leído, no son datos de la Asociación de Internautas, de la AUI, del Pirata Pedospé o de Chikito de la Descarga. Son datos de Intel que, en colaboración con Inves, la marca de ordenadores de El Corte Inglés, ha decidido lanzar un ordenador que unifique y facilite la manipulación de archivos multimedia por parte del usuario. Vamos, que si unes los datos ofrecidos en la presentación con la utilidad del mismo, nos viene a quedar más o menos claro que se trata de un hardware especialmente fabricado para dar respuesta (directa o indirectamente) a esa oleada de descargas. De hecho, ofrece un disco duro “con una capacidad de 160 megabytes (*), ampliable a 250, para almacenar todo tipo de contenidos audiovisuales”. Blanco y en botella, Malibú.

Así que, mientras Calvo se desgañita por esos medios de comunicación, Teddy descorcha cava y Ríos se olvida de su particular Novecento, el mercado sigue a lo suyo y los usuarios también. Si yo fuera Gobierno, estaría depre. O no. Mejor estaría alerta. Igual me vendría bien una dieta de reconsideración y sensatez. ¿Qué se puede hacer? ¿Todos a las cárcel? ¿Querellarse contra Intel o El Corte Inglés? ¿Retirar el ordenata de las tiendas? ¿Iniciarse en el tai chi?

La pena, lo realmente lamentable de todo esto, es que quienes podrían liderar un auténtico cambio en el mercado de la industria audiovisual, adaptándose a las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías y a las nuevas modalidades de propiedad intelectual que demanda la sociedad del siglo XXI, son quienes se cierran las puertas del futuro, su futuro, de forma voluntaria y pretenden cerranos las de todos los demás, recurriendo a posturas extremas, demagógicas y represivas que, en el improbable caso de que pudieran llevarse a efecto, nada bueno vendrían a aportar.

“Este es el tiempo del cambio, el futuro se puede tocar…”, cantaba Miguel Ríos allá por los ochenta. Me parece conveniente recordarlo, porque, vale, llover ha llovido, pero no como para tanto: que 20 años no es nada, que diría Gardel…

(*) Como bien apunta Quintanar en los comentarios, deben de ser Gigas y no megabytes como aparece en la información original.

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