¿Y ahora?

He estado reflexionando las últimas semanas acerca de las palabras que, el por aquel entonces aún cardenal, Ratzinger pronunció el 18 de abril en la misa previa al cónclave que lo transformaría en Benedicto XVI. Fueron palabras importantes no sólo para la comunidad cristiana, sino para el conjunto de los mortales por lo que suponían de ideario de la nueva Iglesia y programa de acción de quien, como al final sucedió, se postulaba como sucesor de Juan Pablo II.

Éstas fueron sus palabras:

“Cuántas corrientes ideológicas, cuántas modas del pensamiento. La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido agitada por estas olas, que van de un extremo a otro, desde el marxismo, al liberalismo, pasando por el libertinaje, al colectivismo, al individualismo radical, desde el ateísmo al un vago misticismo religioso”

Ratzinger englobó todos esas corrientes en lo que denominó “la dictadura del relativismo”, criticó “todos los vientos de doctrina que hemos conocido en estos últimos decenios” y anunció, como si fuese ya Papa, “la hora de gran responsabilidad de la Iglesia católica”.

He estado reflexionando e indagando antes de emitir comentario al respecto porque se me hacía difícil que un hombre de su altura intelectual y de su singular trayectoria personal y clerical obviara en su condena de tantos ismos una de las lacras más devastadoras de la historia reciente de la humanidad: el fascismo (en cualquiera de sus vertientes: nazismo, franquismo, neofascismo…). Me inquieta especialmente la ausencia de crítica hacia estos sistemas por la relación directa que el propio Ratzinger sostuvo con las juventudes hitlerianas y el Ejército nazi.

Cierto es que sus defensores nos hablan de un Ratzinger adolescente arrastrado por las turbulentas corrientes de la historia. Un niño obligado a adorar la esvástica (que también es una cruz) para salvar su vida y que desertó en cuanto tuvo la menor oportunidad. Puede que sí y puede que no. Por mucho que se empeñen defensores y detractores en demostrar lo que de cierto o falso hay en esta historia, es algo que sólo Ratzinger conoce en su amplitud, algo que sólo él alberga en su conciencia.

Por ello, creo que el ahora Papa desperdició en aquel discurso una oportunidad de oro para el gesto, que es, junto con el acto, la única manifestación externa de la conciencia. El gesto de condenar explícitamente esa terrible ideología a la que, voluntaria o involuntariamente, sirvió una vez en su vida.

La inquietud se transforma en alarma cuando uno repasa con detenimiento la expresión “dictadura del relativimso” y concluye que su antónimo es la “dictadura del absolutismo”. Otro ismo fatal tanto para el buen cristiano como para la humanidad en su conjunto.

¿Hacia dónde, pues, se dirige Ratzinger? ¿Hacia dónde encamina a su Iglesia?

Este post es la expresión de una duda, unas cuantas de ellas. Supondría una enorme alegría que alguien aportara algún dato, gesto u obra, en el que Ratzinger haya condenado explícitamente el fascismo. Hoy, ya como Papa, esta condena resulta imprescindible, al igual que la de otros ismos demoníacos también olvidados por el cardenal: terrorismo, machismo, esclavismo, racismo, belicismo…

Igual uno se adelanta a los acontecimientos, se ha perdido algo o hace gala de una ignorancia supina. Pero, como digo, se trata de una duda, de una inquietud y de una alarma personal. No ha sido el relativismo el motor de los mayores males de la historia, sino más bien su contrario, el absolutismo o totalitarismo. Por eso ando aún, casi un mes después, tan perdido y meditabundo ante tal dura y parcial diatriba. Quo vadis, Benedicto XVI? ¿Para cuándo una condena del fascismo?

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