El Código Da Vinci es cada vez más show Dan Brownci. Un estupendo artículo de JJG Noblejas pone en evidencia que la versión cinematográfica del best seller incide, perpetúa y amenaza con superar el espíritu fantasioso de Dan Brown, jugando a la novela histórica con datos erróneos o, según se tercie, a la ficción basada en datos históricos, erróneos también.

Reseña Noblejas el no de la abadía de Westminster a las pretensiones de la productora de la película al rodaje en sus instalaciones y resume su comunicado oficial:

“(La abadía de Westmisnter) critica la novela, calificándola como “teológicamente incorrecta” y de paso señala que entre sus errores fácticos está la mención de detectores de metal que simplemente no existen en la Abadía, y desmienten que Alexander Pope haya hablado en el funeral de Isaac Newton, y desde luego descartan que frotando las tumbas de latón de la abadía se pueda obtener la imagen de las personas enterradas allí. Entre otras cosas.

“A pesar de su popularidad, El Código Da Vinci es teológicamente incorrecto. Por esa razón no podemos alentar o respaldar las polémicas y caprichosas sugerencias religiosas e históricas hechas en el libro, así como su visión del cristianismo y del Nuevo Testamento”, indica el comunicado”.

Independientemente de la lectura teológica del comunicado, me quedo con las referencias a las desvirtuaciones históricas ¡y actuales! Es decir, que los de Westminster vienen a decirle a Brown y a sus productores más o menos que la abadía de la que habla en su novela debe de ser otra, porque los rasgos históricos que le atribuye el autor ni han estado, ni están, ni se les espera.

Y ni cortos ni perezosos los chicos del celuloide se han dicho: pos fale, si no es ésta, será otra. Y así, han contratado las instalaciones de la Lincoln Cathedral para hacerla pasar por una Westminster cualquiera, llevando su rigor histórico a límites hasta ahora insospechados. Ni siquiera se han molestado en construir un decorado que simulara la abadía. ¿Quién va a notar la diferencia?

De risa. Y seguro que más de uno me dirá: es que es una novela de ficción. Y yo les diré: en una novela de ficción, la ficción se aplica a los personajes, las situaciones y hasta a los escenarios inventados (de ahí lo de ficción). Que digan que Jesús hizo o dejó de hacer, pues entra en el terreno de los admisible, pues hasta ahora nadie ha podido verificar lo que ese hombre pudo o no pudo hacer o decir. Pero cuando se atribuyen hechos o situaciones falsos a elementos históricos, reales y contrastados, se roza la frontera entre la ficción y la tergiversación. Si, además, se pretende hacer pasar la invención por cierta, entonces entramos ya en una suerte de surrealismo digno del mismísimo juzgado de guardia de la conciencia. O del de la esquina. Que, ya puestos, todo puede ser. Sin olvidar lo del plagio. Recontraglup.

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