Grupo Interuniversitario de Opinión (*)

El sueño de un Sahara libre sigue en pie. Es justo y es legítimo. En el momento en el que escribimos este breve artículo cuatro sacerdotes católicos de Gran Canaria acaban de aterrizar en el Aeropuerto de Gando, tras realizar una visita relámpago a la antigua colonia española. Son un pequeño grupo de valientes que, al fin, han podido cruzar la frontera ignominiosa y han predicado, ante los medios, la justicia de una causa que no caduca, porque forma parte de la causa del bien y de la verdad. Dicen que, en el territorio ocupado por Marruecos, los saharaui les preguntaban constantemente ¿por qué?, ¿por qué el Gobierno de España dice una cosa y luego otra?, ¿por qué la ONU no cumple sus promesas?, ¿por qué Europa firma un tratado de pesca con Marruecos en una zona que, en realidad, les pertenece a ellos, a los dueños naturales del Sahara?, ¿por qué?, ¿por qué?…

A escasas millas del territorio libre de Europa se oprime a un pueblo por sus ansias de libertad. ¿Hasta cuando? Resulta tan mezquino el proceder de las principales potencias de la región que uno se pregunta si, realmente, estamos en el siglo XXI o, más bien, siguiendo el calendario islámico, todavía no ha pasado por nosotros la revolución liberal que en el siglo XVIII movió los goznes del planeta, y nos proyectó hacia el futuro en pos de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Vivimos una época de sombras, como si los restos insepultos del pasado renaciesen de nuevo; como si ahora, después de dejar en los campos de batalla a millones de muertos que luchaban por la libertad, la justicia y la democracia, sintamos vergüenza de todo eso, y nos pleguemos a las exigencias y los desmanes de cualquier dictadorzuelo de segunda fila. ¿Por qué?

Cuatro sacerdotes como cuatro soles, con una profunda vocación social y humana, han recorrido el desierto, para llevar a sus hermanos del pueblo saharaui, el mensaje sublime de Cristo, el mensaje de la solidaridad, el amor y la paz, una paz justa, naturalmente, pues no es paz la paz del sometimiento, la tortura y el cementerio.

Dicen los curas que, ante tantos “porqués”, ellos respondían eso, simplemente: “Miren, nosotros somos curas. Lo más que podemos hacer es denunciar ante el mundo vuestra situación”, con honestidad y rigor. No es poco. Su voz sonó como una campana de libertad, como un aldabonazo en la conciencia de aquellos que sólo ven en el negocio el objetivo central de su existencia, y, además, a corto plazo, mezquino, negocio de perra chica, de hambruna vieja, de ambición insaciable, pura y dura. No están dispuestos a mirar más allá del estrecho horizonte de su propia mesa de comerciantes de la miseria, porque ello lleva tiempo, y es lo único de lo que carecen. ¿Cuánto mejor no sería pensar en un territorio de paz a cuyo desarrollo pudiera contribuir Europa de forma decisiva aquí, en el portón de África? ¿A quién beneficia esta situación?

El sueño de un Sahara libre no es una entelequia de cuatro universitarios, ni la lucha absurda de muchos ciudadanos y ciudadanas en Canarias, en España y en Europa, en todo el mundo, en fin; es el sueño de la Ilustración que no deviene en monstruos, sino en verdades como casas, grandes verdades que no podemos dejar en el camino, pues constituyen la base de los estados verdaderamente libres y democráticos. Sin solidaridad y justicia no se puede seguir adelante, sin libertad no es posible vivir. Mal consejo es seguir la tesis del mal menor, porque, en el fondo, es como taponar la herida sin desinfectarla previamente, a la larga produce efectos mucho peores.

La convivencia entre los pueblos debe regirse, por tanto, con base a las mismas premisas que constituyen la paz social: libertad, igualdad y fraternidad. ¿Tiene algo que ver con esto la actitud de Europa frente al problema del Sahara? ¿No se basa la esencia de la Unión Europea en estos principios? Entonces… ¿Por qué?

Canarias 9 de Agosto 2005

(*) Grupo Interuniversitario de Opinión:

– Ricardo Aguasca, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.
– Carlos Ruiz, Universidad de Santiago de Compostela.
– Sergio Ramírez, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.
– Manuel de Paz, Universidad de La Laguna

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