Al igual que Enrique Dans, he estado reflexionando estos días acerca de la decisión de Jimmy Wales de impedir que usuarios anóminos puedan incluir nuevas entradas en la Wikipedia. Desde un primer momento lo tuve claro, pero he preferido leer antes otros comentarios por si se me escapaba algún detalle o por si me encontraba con algún argumento que hiciera variar mi impresión inicial.

El caso, para quien no esté al tanto, es que, tal y como ocurre con cualquier plataforma libre en la Red, algunos desaprensivos se dedicaban a incluir información falsa. El caso del periodista John Seigenthaler, acusado en uno de los artículos de la Wikipedia de participar en los asesinatos de Robert y John F. Kennedy, ha sido la gota que ha colmado el vaso: los responsables de la Wikipedia han decidido que sólo usuarios registrados puedan crear nuevos posts, aunque los anónimos podrán seguir editando las entradas ya creadas.

Mi visión es una mezcla de tristeza y apoyo, aunque también de perplejidad. Tristeza, porque una vez más una herramienta libre se ve forzada a establecer criterios ante los efectos del trollismo estúpido, desaprensivo o malitencionado. Tristeza por ciertos aspectos de la humanidad. Apoyo, porque me parece que establecer la obligatoriedad de un registro no supone ningún agravio ni atenta contra ningún derecho elemental. No le niega el paso a nadie, pero sí mantiene a raya a los saboteadores. Otra cosa es que el registro se utilice para censurar ideas, opiniones o contenidos contrastados. Pero eso sería el fin de la Wikipedia, y no creo que los tiros vayan en esa dirección.

Enrique Dans lo expresa perfectamente:

“Let’s face it: damos asco. A la Wikipedia no le pasa nada. El que era un imbécil integral y quería estropearla, ahora lo tendrá que hacer con un nombre de usuario determinado, será identificado y vetado. Y seguramente volverá a entrar y a romper cosas, pero con otro nombre de usuario. Y comenzará una carrera a ver quien en más miserable entre el imbécil y los encargados de cazarlo. Una cosa que en teoría estaba pensada ni más ni menos que para el bien común se ve empañada por aquellos a los que pretendía hacer el bien”.

Y perplejidad, porque si se permite a los anónimos editar las entradas, no veo en qué medida se puede corregir el desmadre sobre el que se ha basado la decisión. Creo que el problema no radica sólo en la creación de entradas, sino en el contenido que se va incorporando poco a poco. Es decir, que me temo que los problemas no desaparecerán. Salvo que se exija registro también para la edición.

Share