Pilar Rahola redime a la izquierda, centrando el debate y recuperando la cordura y el norte de la libertad de expresión entre tanto interés partidista disfrazado de precepto ideológico:

“Veamos. Si la Cope no nos gusta, lo mejor que podemos hacer es no escucharla. Si nos ofende, tenemos la opción de combatirla dialécticamente, y en eso estamos. Si creemos que vulnera el Código Penal, ahí está el susodicho para amparar los derechos de los sufrientes ciudadanos del reino. Y si el Código Penal la sentenciara, cosa que aún no ha pasado, habría que negarle la licencia no por antipática, sino por delictiva. Ese es el juego democrático, el único posible, un juego tan tiránico que incluso defiende a los que no nos gustan. Meter en calzador, en medio de esas reglas de juego democráticas, organismos paracaidistas que aterrizan desde lo político sobre lo periodístico, es algo difícil de digerir y más difícil de justificar”.

“[…] Miren ustedes, servidora quiere vivir en un país donde la Cope pueda existir, y una pueda ejercer el libre albedrío de apagarla. Un país cuya madurez social no la convierta en una radio escuchada. Y, sobre todo, un país donde las leyes actúen si son vulneradas. Pero ahórrenme ustedes organismos censores, cuya eficacia es tan nula que no sólo no resuelve un problema, sino que lo multiplica. Con el informe del CAC, hoy la Cope es más fuerte, va más de víctima y probablemente tiene más oyentes. Y encima, no sólo no estamos los ciudadanos más protegidos de los abusos, sino que ahora tenemos que protegernos también de los que quieren protegernos. No sé, pero alguien la jodió cuando hizo el invento.

Se equivocan quienes entienden que defender la libertad de expresión, así sea de un medio que profesa una línea política diferente a la nuestra, es situarse en las filas de sus antagonistas. La libertad de expresión es una reivindación histórica de los amantes del progreso y ha sido bandera de la izquierda de todos los tiempos. Sólo los muy torpes, o los que jamás en la vida entenderán qué supone realmente ser de izquierdas, pueden ponerle cortapisas extraconstitucionales a este derecho inalienable. Ellos, y sólo ellos, se colocan en el marco de la derecha (e incluso superan de largo a la derecha constitucional). La irresponsabilidad, el sectarismo, el silencio cobarde o cómplice y el interés particular (partidista) son actitudes poco recomendables para quienes pretenden defender la libertad y el progreso.

Fuente: Nihil Obstat
Vía: Barcepundit

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