Pagar más por menos. Con este epígrafe podríamos resumir el espíritu de la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual aprobada ayer por la Comisión de Cultura del Congreso y que, salvo sorpresa mayúscula, será aprobado por ‘los representantes de la voluntad popular’ próximamente en el Congreso. Una reforma que extiende el cobro del canon de los CD vírgenes a los reproductores mp3, PDA, teléfonos móviles e incluso, a poco que la SGAE tuerza su dedo pulgar hacia abajo, a los discos duros de los ordenadores portátiles, pero que a la vez restringe el derecho de copia privada a límites realmente absurdos que nos convertirán a todos, incluidas a estas preclaras señorías (que alguna cinta de casete o algún CD habrán grabado ya), en delincuentes en potencia.

La aprobación de la reforma no nos coge de nuevos. Su tramitación ha sido seguida muy de cerca dentro y fuera de la Red, pero desde luego el texto final sorprende y desconcierta por varios motivos:

– Sorprende porque, con la que está cayendo en el panorama político español, el acuerdo entre el conjunto de los partidos ha sido total. Tan sólo se registraron dos abstenciones.

– Sorprende esta unanimidad porque hablamos de una ley que atenta directamente contra el usuario y contra la propia difusión libre de la cultura, uno de los pilares históricos del desarrollo intelectual.

– Sorprende porque, una vez más, nuestros políticos cierran filas en defensa de intereses particulares frente al interés general de la ciudadanía.

– Sorprende porque el texto aprobado parece un calco de las reivindicaciones de la SGAE. No en vano, las asociaciones de internautas, de consumidores y los creadores al margen de la industria cultural no han tenido voz ni voto.

– Sorprende porque los políticos españoles, todos muy progres a excepción del PP, pero todos muy europeístas y solidarios, han decidido mantenerse al margen de las corrientes progresistas en materia de derechos de autor que han tenido en Francia su máxima expresión con la ‘legalización’ de las descargas a través de redes P2P.

– Sorprende porque nuestra clase política no ha sabido entender, o nosotros no hemos sido capaces de transmitir bien, que la difusión libre de cultura lejos de suponer un perjuicio para el creador es una de las vías más importantes para la difusión y popularización de su obra, y por ende, para su cotización en el cultural business.

– Sorprende porque nuestros diputados no han sabido diferenciar entre ‘piratería’ (copia ilegal de material con copyright con fines lucrativos) y copia privada (derecho del usuario a disponer del legado cultural que ha contribuido a producir y derecho del artista a que su obra pueda llegar a todos, sin barreras).

– Sorprende porque nuestros políticos siguen confundiendo creación e industria, autor e intermediarios; y no dudan en alinearse siempre con los segundos.

– Pero sorprende, sobre todo, porque pretenden que paguemos un impuesto revolucionario por un material cuyo uso pretenden prohibir en prácticamente todos sus extremos.

Y este cúmulo de sorpresas nos lleva, desde luego, a la indignación. Una indignación mayúscula que nos invita a proponer medidas paralelas a la aprobación de esta LPI y que sirvan como correctoras del tremendo expolio al que se nos quiere someter. Medidas que en algún caso, soy consciente, pueden parecer extremas, absurdas o demagógicas, pero que resultan plenamente coherentes en el marco de un sistema que apuesta por un sector particular frente al conjunto de la ciudadanía y por un modelo cultural coercitivo y decimonónico frente al progreso, evolución y difusión de la cultura, el derecho inalienable de toda persona a su enriquecimiento personal y la adaptación de la industria y las leyes a las nuevas tecnologías. Y, desde luego, espero, deseo que sean provocadoras.

Se propone, pues:

– Eliminación de las subvenciones públicas a artistas, empresas relacionadas con la cultura y entidas culturales de cualquier índole, incluidas las de gestión de derechos de autor. Las subvenciones las pagamos todos.

– Los organismos y administraciones públicos tendrán prohibida la contratación de artistas para cualquier prestación (carteles, conciertos, esculturas, premios…) en actos oficiales, fiestas, conmemoraciones y demás. Los artistas deben revertir sus ganacias con actuaciones gratuitas. Ni un duro del erario público para la promoción individual.

– El Estado deberá velar por que las cadenas públicas de televisión no acojan programas de corte ‘cultural’ en los que se cobre al usuario a través de SMS o cualquier otra vía. Si el dinero invertido por los consumidores en el nacimiento y proyección de un artista no le da derecho a disponer de su obra con fines culturales y no lucrativos, el sistema es desigual. Del mismo modo, los organismos y administraciones públicas tendrán prohibido organizar campañas de apoyo en concursos, de cadenas públicas o privadas, a los artistas de su localidad, región o comunidad.

– El Estado velará por que los artistas no cuenten con una consideración legal distinta a la de cualquier ciudadano. Es más, debido al apoyo tácito de la Administración a sus intereses particulares, exigimos que se hagan públicas sus declaraciones de bienes e impuestos, así como las cuentas de compañías, fundaciones y entidades de gestión.

– Supresión inmediata de cualquier programa del ‘corazón’ en cualquier medio de comunicación público.

– Aplicación de un canon sobre la SGAE cada vez que se adquiera un disco para uso distinto del de copia de obra de alguno de sus asociados. La SGAE deberá igualmente pagar por cada uso que haga de los canales públicos de promoción o comunicación.

– Los medios de comunicación públicos sólo podrán emitir u ofrecer obras licenciadas con copyleft. Por un lado, el dinero de los usuarios no acabaría en manos de quienes quieren exprimirlos, y por otro, se contribuiría al saneamiento de sus arcas, cada vez más deficitarias.

– Se evitará la aparición pública o relación privada de cualquier representante institucional con artistas, salvo que éstos hayan manifestado públicamente su adscripción a la cultura libre y rechazado subvenciones, cánones y la persecusión de la copia privada(*). En época de elecciones, el binomio candidato-artista será considerado connivente: favor con favor se paga.

– Si en algún momento se opta por un modelo comercial justo, que armonice el derecho del creador a su pervivencia económica y el derecho fundamental del usuario al libre acceso a la cultura, todas estas propuestas serán revisadas.

Éstas son las que se me han ocurrido así, a bote pronto, pero estoy seguro de que a ti se te pueden ocurrir algunas otras más.

(*) En general, partimos de la base de que todo ser humano es un creador, eso es precisamente lo que lo diferencia del resto del mundo animal. La capacidad de recrear, transformar e inventar su existencia cada día, a caballo entre la realidad y la fantasía, es uno de sus dones más preciados. Hasta no hace mucho, la valía de una creación, de un creador, venía dada por su capacidad por sorprender, comunicar y servir de referente al resto de los mortales. Artista era quien cosechaba méritos, quien era útil como agente artístico para la comunidad. A raíz de la irrupción de la industria en el terreno cultural, se ha querido vendernos que ese don preciado que todos poseemos es sólo virtud de unos pocos. Aquellos escogidos por la propia industria para explotarlo y explotar a través de él a su clientela. La valía es lo de menos, priman más la promoción y el marketing, en una vorágine comercial peligrosa: a medida que se difuminan las auténticas referencias culturales, surgen ídolos de barro como herramientas de la estrategia empresarial.

Siempre hay excepciones. Pero hoy día la situación es tal que podemos afirmar abiertamente que por cada ‘talento’ que irrumpe en la industria, hay mil talentos más interesantes que han sido rechazados o que han rechazado ellos mismos formar parte de la industria cultural.

Por oto lado, no hay creador que no dependa directamente de los demás y de la libre disposición de la cultura para nacer, crecer y, aunque no me gusta nada la palabreja, triunfar también. Cuanto más alto vuele el artista, más plumas y más grano precisa, más brisa sobre la que apoyarse, mayor experiencia para mantenerse y lograr sus objetivos. El talento también cuenta, por supuesto, como el instinto, pero éste nunca es suficiente. La historia de la cultura es una historia de cooperación, generosidad y apoyos constantes. Un monumento enorme cuyas estructuras descansan firmemente siempre sobre una estructura inferior. Si nos niegan o restringen la posibilidad de apoyarnos unos en otros, puede que los albañiles ganen un motón inventando pilares y reparando en falso cada caída, pero estarán conmigo, en que la humanidad estará intelectualmente perdida.

El ‘artista’ al que hacemos referencia en este artículo es aquel que no sólo se ha plegado a las exigencias de la industria, sino que además traiciona al resto de la humanidad negándole un producto que no es suyo, sino de todos, en mayor o menor medida. Cambien ‘artista’ por ‘famoso’, si les parece mejor. Al resto de los creadores, todo mi respeto y todo mi apoyo.

Y créanme, compartir no es el fin: es el mejor de los principios.

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