Dios plogger

Jacinto fue un pastor de abejas que nació en Galilea Galilei allá por el siglo -1 de nuestra era. Gozó de tal longevidad que su existencia se prolongó hasta el año 104 después de Cristo. Fue coetáneo de Jesús, Judas, Brian y los doce, y vivió acontecimientos únicos en la historia de la humanidad. A pesar de su analfabetismo militante, recibió el don de la escritura, no así el de la lectura, en su madurez (poco después de cumplir los 150 años), tras recibir una revelación divina en forma de somanta que lo mantuvo 10 meses en cama.

Apuntándose a la moda de la novela evangélica u evangelios, redactó al menos unos 15, si bien nunca llegó a ser admitido en el selecto grupo de evangelizadores oficiales y aún menos en el de los apócrifos, mucho más tiquimisquis en su selección. Tampoco ganó concurso ni accésit alguno, no fue devorado por leones ni tostado a la brasa. El desconsuelo y su conocido desarreglo obsesivo-compulsivo que le llevaba a destruir cuanto cayera en sus manos le llevó a devorar su legado poco antes de morir, exclamando con la boca llena la conocida sentencia: “Hay que decirlo más“, hoy día atribuida erróneamente a Cicerón.

Gracias a la ardua tarea de algunos de sus detractores, que se empeñaron en enterrar bajo tierra todos y cada uno de sus escritos, han llegado hasta nosotros algunos fragmentos de su testimonio. Quizá la afirmación más destacada en su Evangelio sea la de que Judas no sólo no traicionó a Jesús ni llegó a un acuerdo con éste, sino que muy al contrario, fue él quien sufrió la traición, tal como revela el siguiente pasaje:

“Y al acabar la cena, Jesús se dirigió a Judas, un tanto perjudicado por el vino(*), y en presencia de sus discípulos le dijo:

– Caifás es un cachondo.

Judas respondió con un resoplido y se dirigió al Maestro en estos términos:

– ¿Me lo dices a mí?

– A ti te lo digo. ¿A quién si no? He acordado con él que esta misma noche nos facilite un salvoconducto para Egipto para que podamos asisitir a la fiesta del cocodrilo, ésa que tanto te gusta. Como comprenderás, tal y como están las cosas, la transacción será algo delicada, pues escrito está que ¡ay de quel que me ayude!, pues sobre él recaerá la ira de Israel. Él se la juega igual que nosotros. Vendrá sigilosamente al monte de Los Olivos con algunos leales y la contraseña será darle un beso en la mejilla. Me da que el del beso vas a ser tú.

– ¿Yo? ¿Por qué yo?

– ¿Y tú me lo preguntas?

– ¿Me lo dices a mí?

Así estuvieron erre que erre cuatro horas y media o menos, hasta que por fin, entre cánticos, arcadas, carcajadas y collejas, se trasladaron al monte de Los Olivos. Jesús se fue a hacer como que oraba, y los apóstoles se hicieron los dormidos. El resto ya es historia”.

(*) El autor no especifica quién de los dos andaba perjudicado por el vino, si eran los dos o todos los que allí estaban.

Jacinto tuvo tiempo también en su larga vida para otras dos importantes tareas: inventar el cuaderno de Pitágoras, pitlog o plog (hojillas en las que iba anotando sus vivencias diarias y que bautizó de tal guisa en honor a un tatatarabuelo griego que era tatatartarmudo y sabio también), y de recopilar cuanto Evangelio hubiese sido escrito sobre la Tierra.

Gracias al don recibido y del que jamás se recuperó pudo recopilar no sólo los antiguos o los que se escribieron en su época, sino incluso los que iban a escribirse en el futuro, tal era el prodigio con el que había sido señalado. La impagable labor arqueológica de una bandada de golondrinas excavadoras del desierto ha devuelto a nuestro manos, 20 siglos después, este importante documento histórico:

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