No resulta agradable, desde luego, al menos para mí, ver cómo un cantante que marcó una etapa de la nueva música española es silbado, abucheado y obligado a suspender un concierto por el público. Esas cosas no se recuerdan ni en la época de la reacción contra la música oficial de la era de Franco o franquista, que de las dos había. A lo más que llegó dicha reacción fue al ninguneo, al oídos sordos y la inasistencia. Claro, que por aquel entonces lo blanco era blanco y lo negro, negro. Es decir, todos tenían claro quién era quién y por dónde iban los tiros.

¿Pero qué ocurre ahora para que un artista autoproclamado de izquierdas y defensor de los débiles, y al que doy por seguro que en algún momento sí que lo fue, sea repudiado por esos propios débiles a los que dice defender? A mi entender, que ha perdido completamente el Norte. Que la ideología, en su caso, se ha quedado como mero marco decorativo de una realidad mucho menos utópica, solidaria o libertaria: la realidad de la codicia, el desprecio a millones de personas y la traición a unos principios. Evidencia de que cambian los tiempos, y de que algunos corren el riesgo de perecer momificados en las vendas de su propio inmovilismo, de su propia intransigencia.

Lo del Viña Rock es un aviso a navegantes. Y no ha sido el primero ni será el último. Tampoco es Ramoncín el único artista que corre el riesgo de verse relegado en las preferencias del público por su empecinada insistencia en insultar y criminalizar la justa y libre distribución de la cultura. Son muchos más, y curiosamente la mayoría militantes de lo que en su momento fue el ala progresista de la cultura española. Curiosamente la mayoría militantes hoy día del selecto grupo de las fortunas más importantes de este país. Curiosamente también militantes de uno de los grupos de mayor influencia política, tanto en la izquierda como en la derecha, delante, detrás, un dos tres. Curiosamente todos enrolados en y abanderados de la SGAE.

No voy a perder un segundo más en intentar convencerlos de nada. Todos son mucho más inteligentes y progres que yo, y doy por hecho que su actitud para con la ciudadanía no proviene de la ignorancia o el error, sino de la defensa consciente y a ultranza de sus cuentas y plusvalías. Lo que sí que no me resisto a recordarles es que esta España del siglo XXI poco o nada se parece ya a la del último cuarto del siglo XX. Epecialmente en lo que a nivel de conciencia de la ciudadanía se refiere. Ya no basta con sermones de la montaña y llamadas al amor. Hoy, para convencer, hay que compartir y amar directa y efectivamente. Vamos, que cada vez el usuario es menos tonto y que la admiración por un creador va en directa proporción a su capacidad no ya para embelesarnos con sueños imposibles, sino para ayudarnos en lo posible a hacer realidad nuestros sueños.

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