La realidad supera siempre a la ficción: si a algún miembro del Opus Dei le hubiesen dicho que la defensa del cristianismo ortodoxo provendría del Islam, las carcajadas habrían llegado al mismísimo purgatorio. Pero así es, ‘El Código Da Vinci’, enemigo público número uno de la congregación fundada por Escrivá de Balaguer y de la visión tradicional-oficial del cristianismo, será prohibido, tanto en versión literaria como cinematográfica, en el mismísimo Egipto, tras petición expresa de los coptos cristianos y por solidaridad manifiesta de aquellos mismos que bramaron por las caricaturas de Mahoma.

Es decir que aquello a lo que no se atrevió la Prelatura oficial de la Iglesia católica (no por falta de ganas, supongo, sino por la reacción que habría provocado en el mundo occidental), lo ejecutan los mahometanos sin mayor problema, habituados como están a censurar cuanto consideren una falta de respeto a sus (y a lo que se ve cualquieras otras) creencias. Haciendo realidad el dicho: más papistas que el Papa.

Aquí hemos sido críticos con la obra de Dan Brown, por cuestiones que evidentemente nada tienen que ver con la trama, sino con el rigor del que presume el autor y la supuesta calidad literaria del texto; pero, desde luego, jamás nos atreveríamos a clamar por su prohibición o censura.

Porque realmente lo que está en juego es la libertad de expresión y la consideración del arte como entorno blindado ante pasiones reaccionarias, intolerantes y totalitarias, columnas vertebrales del pensamiento único.

No me gusta el panorama que comienza a dibujarse algo más acá del horizonte. No me gusta absolutamente nada. Es tan frágil la dignidad humana, es tanto lo que puede hacernos sentir heridos o insultados que no imagino un mundo en el que el supuesto respeto a creencias variopintas y sectarias se imponga a las importantes conquistas sociales, de tolerancia y convivencia que tanto esfuerzo y dolor le han costado a la humanidad.

La única censura válida es la de aquel que tiene la opción de elegir libremente. Esto lo leo, esto no. Esto lo veo, esto no. Esto lo escucho, esto no. El resto es un desprecio al libre albedrío, un ataque directo a los derechos fundamentales del ser humano.

Gracias, Pepe.

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