The final countdown

Hacía ya tiempo que su vida era todo ojos y dedos. Oídos también, pero sólo de cuando en cuando, podcast y vídeo le llamaban la atención tangencialmente. Su sitio era su dominio y viceversa. Su imperio y su barrio. Visitaba y era visitado, y compartía o rabiaba según fuera menester. Al séptimo blog descansó, pero sólo unas horas, justo hasta descubrir la existencia de un nuevo plugin.

Sus lectores se contaban por miles, su agregador albergaba más semillas que una selva en celo y de spam andaba bien servido. Sin duda, era parte activa de la conversación, una parte activa y valorada. Un gurú o un A Blogger. Se las veía y se las deseaba para corresponder y ser correspondido. Pero ésa era la cuota de sacrificio necesaria en su dulce martirio de profeta del trackback.

Por eso le extrañó que aquella mañana su cosecha de comentarios apareciese marcada por la ausencia. El servidor no había caído durante la noche, así que descartaba un ataque de DOS. Seguía en el aire, y sin embargo no volaba. Mayor sorpresa le causó aún descubrir que Bloglines andase estéril de reflejos. Technorati seguía avalando su popularidad, pero en Menéame no había envíos ni comentarios. Se sentía irrelevante, antiguo, spammer de la ansiedad, puede que erróneo pero sin duda errático, provocador del silencio y duplicado; terriblemente solo, que es la forma más cruel de sentirse duplicado. No pudo evitar que un escalofrío le sacudiese la cabeza. Algo grave pasaba a su alrededor, y él recién comenzaba a darse cuenta.

Muchos meses después de aquella última vez decidió volver a encender la tele. Nada. La radio. Nada. La ventana, y nada también. El mundo parecía haberse evaporado y ni siquiera podía estar seguro de que hubiese llegado a existir alguna vez. ¿Se habría transformado en un troll de la realidad y estaba siendo baneado? Él mismo comenzaba a notar que se disolvía en aquella especie de atmósfera ácida que lo rodeaba. Esto debe de ser el fin del mundo, pensó. Y lloró, con rabia, desesperado, con licencia Creative Commons, como no recordaba haberlo hecho jamás. Tendido en el suelo y con la garganta anegada en sangre y vómito potencial aún tuvo tiempo para echar un vistazo a la pantalla del ordenador y teclear un último post en su conciencia. Todo estaba perdido. Ahora lo veía con absoluta claridad. Y susurró a gritos, todo lo bajo que pudo.

“Definitivamente, se me han jodido las estadísticas”.

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