¿Y ahora?

Quizás fuera el pingback que presintió en su inconsciencia, o simplemente el pantallazo en azul en su mirada lo que le hizo incorporarse. El móvil humeaba la sintonía de Matrix y se apresuró a responder. Eran poco menos de las 12.45. Entonces recordó. La noche pasada no se había pasado el antivirus.

Volvió a ser el de siempre. Se sentía como nunca. La atmósfera volvía a ser limpia y pura. Para remediarlo se encendió el último cigarrillo que le quedaba. Volvió a teclear aquella dirección maldita: m-e-n-e-a-m-e-.-n-e-t. Contuvo la respiración todo lo que pudo. Y murió. Murió de gozo, como si la falta de oxígeno en el cerebro lo arrastrara hacia la euforia. Había desubierto un nuevo envío. El suyo mismo. El de las estadísticas. Pero él no recordaba haber enviado nada. ¡Hala! Autobombo como quien no quiere la cosa.

Sin embargo, ahora era Technorati el que no iba. Y así era imposible valorar y valorarse. (“La vida es así de jodida”, le había espetado una vez su abuela). Bien, vale, tranquilidad. Esto es una broma pesada. Un retromeme. Una putada viral. Encendió la tele. Y nada. La radio. Y nada. Se asomó a la venta, y nada también. Su corazón latía a un ritmo endemoniado. Se sentía batería de Nirvana, pero no era más que flautista de Hamelin. ¡Eso, las ratas! ¡Las malditas ratas!

Mientras tanto, en una lejana galaxia, dos zombies jugaban sudoku. Sintió que los brazos le ardían, como si todos los vaqueros del mundo hubieran clavado en sus carnes miles de hierros al rojo. No quiso mirar, por eso mismo lo hizo: primero uno: ‘Opá, viacé un corrá’. Se frotó los ojos. No podía creerlo. ‘Así que casi mejor ni siquiera mirar al otro.

Volvió la cabeza hacia atrás, no sin antes dirigir su mirada hacia la extremidad que aún hervía como traspasada por un cometa. Y ahí estaba, grabado a fuego. El mensaje que tanto había esperado:

‘Amo a Laura, pero esperaré hasta el matrix-monio’.

(creo que) Continuará

Si te pierdes, como yo, puedes consultar el Capítulo I.

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