Cerrado por actividad

Hacía ya tiempo que su vida era todo ojos y dedos. Por eso, al llegar la noche se sorprendió observándose a sí mismo desde el otro lado de la pantalla. En realidad, no estaba seguro de que algo de sí aún se mantuviera del lado que creía asisitir al triunfo de su reflejo. Se había tansformado en un blog: su cabeza era header, su cuerpo no era más que una sucesión de posts unicelulares débilmente pingbackeados, sus brazos eran menús laterales que le conectaban con supuestos territorios y presuntos amigos, sus pies no era pies, sino footers dislocados de excusas y medallas.

El teléfono volvió a sonar. Una, dos, tres millones de veces. Él se había refugiado en Skype, y desde allí tramaba el asalto a la cordura. Entonces ocurrió lo que desde aquella mañana de silencios y ausencias había estado esperando: el Armagedón, la última de las batallas, el fin de sus días.

Debía actualizar por millonésima vez el WordPress, pero a esas alturas de su vida, sinceramente, ya le parecía demasiado.

“Señor juez…”

Capítulos anteriores: I y II

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