O, cuanto menos ilegal, a tenor del criterio de las autoridades escocesas, que no han dudado en amonestar a Artur Boruc, portero del Celtic de Glasgow por santiguarse durante el derby entre su equipo y el Rangers allá por el mes de febrero. Santiguarse, un gesto más que habitual en el fútbol internacional y en cualquier caso una opción individual que sólo compete a las creencias y conciencia de quien lo practica, ha sido juzgado como “provocación” dada la enorme rivalidad entre ambos conjuntos, que representan también a hinchadas de convicciones católica y protestante, respectivamente.

La noticia ha saltado a la palestra estos días debido a la reacción de la Iglesia Católica que ha puesto, nunca mejor dicho, el grito en el cielo. Y, aunque soy partidario de un Estado aconfesional y de la circunscripción de las prácticas religiosas a sus propias congregaciones, igual lo soy de la libertad individual en lo que a cuestiones de fe o política se refiere. Que alguien se santigüe no me ofende, tampoco que lleve amuletos, se postre de cara a La Meca o encienda una vela a Buda.

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