Algunas veces, no en vano soy una frívola mujer madura, sofisticada y elegante a la que le gusta estar al tanto de las últimas tendencias, (mal)gasto mi tiempo viendo pasarelas. Son muchas las cosas que llaman mi atención de esos desfiles con pretendida sobredosis, la mayoría de las veces, de glamour mal entendido. Especialmente, cómo no, los escotes de vértigo, las indiscretas, a la par que sugerentes, transparencias y la nula posibilidad, en fin, de colocarte uno de esos diseños para ir, incluso los días en los que más extravagante y creativa te sientes, a trabajar en la oficina. Y la manera de caminar, esas zancadas, los pies tan separados del suelo, que las hacen asemejarse a los encantadores, aparentemente frágiles y estilizados flamencos, con la que se van sucediendo unas a otras en ese corto, pero dificilísimo de superar, supongo, tramo de pasarela.

Tal como se está planteando el mundo de la moda de unos años acá, todos sabemos que un desfile de novedades, con su cadencia trimestral, al paso de las estaciones, no deja de ser, además de un negocio que mueve mucho dinero, una especie de espectáculo de variedades al que no deben faltarle ni las polémicas.

Mucho se ha hablado de las mujeres, que se convierten así en las protagonistas, que prestan su cuerpo a mayor gloria de los diseños con que nos deleitan cada temporada tanto los grandes como los niños terribles de la costura. Y no sin razón, pues, siendo como es, espectáculo, suele ser diseccionado no sólo por los estilistas, comentaristas y críticos en general del mundo de la moda, sino por cualquiera que, dado el interés que ponemos en estar al día, preferiblemente sentados en el sofá, al otro lado de la pantalla, o con una de las innumerables revistas ilustradas en las manos, apreciamos hasta el último detalle tanto de la ropa con la que se (des)visten, como, si nos dan la oportunidad, del más insignificante cotilleo de la vida privada de cada una de las chicas que desfilan, delgadísimas, elegantes, cimbreantes y dando grandes zancadas, los pies tan separados del suelo, por la pasarela. Esas chicas a las que llamamos modelos, sin pararnos a pensar que, realmente, no lo son, en el estricto sentido del significado de la palabra. O no deberían, al menos, serlo.

La Comunidad de Madrid ha impuesto unas normas de saludabilidad a la Pasarela Cibeles. Hay que pesar y medir a las aspirantes a vestirse con los modelos preparados para la presentación de la próxima colección y sólo podrán hacerlo las que alcancen un determinado índice de masa corporal. Algunas de ellas no han querido someterse a esa especie de tasación; otras, simplemente, no han dado la talla. Se pretende, dicen, con esta medida, que los organizadores no sólo han aceptado sino que, al menos en sus declaraciones públicas, aplauden, y que yo ni juzgo, ni discuto, que sólo aparezcan desfilando chicas de aspecto saludable.

Cuando hace ya tantos años que aparentemente ha desaparecido aquel ideal inalcanzable del 90-60-90, y aquellos modelitos de la alta costura que les sentaban tan bien a sus curvas, seguiremos viendo en las pasarelas, caminando a zancadas, los pies tan separados del suelo, a esas delgadísimas, elegantes y cimbreantes chicas, que son el ideal ahora de nuestras hijas adolescentes. Y agradeceremos que, al menos, tengan un aspecto saludable, incluso aunque sea debajo de esos escotes de vértigo y las indiscretas y sugerentes transparencias que nos regalan los diseñadores cada año, al cambiar de temporada.

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